Archivo de la etiqueta: Soluciones

Un septiembre no tan complicado

Estándar

Creo que todo padre con niños en edad escolar sabe que septiembre puede ser un mes muy complicado de sobrellevar por algo muy sencillo: se acaban las vacaciones y hay que volver a los horarios. Cosa difícil de reconducir porque en la mente de un niño en casi tres meses se transforma lo que era excepción en norma. ¡Y ahora a volver a ponerlo todo patas arriba y a seguirle el ritmo a los despertadores y timbres de colegio cuando ya ni recuerdan para qué servían!

A más de un padre en esta lucha por meter a los niños de nuevo en el cauce se le habrá escapado la frase: “Están para regalarlos”. Es comprensible (que tire la primera piedra quien no lo haya dicho alguna vez). Pero no nos engañemos. Si se han inventado los tecnicismos de “depresión pospavacional” para explicar esa abulia que nos embarga a los mayores cuando volvemos al trabajo y el de “astenia primaveral” para justificar, desde la medicina, que necesitamos las vacaciones de verano “ya”, es porque a nosotros nos pasa exactamente lo mismo que a los niños: también nos habíamos acostumbrado a lo bueno.

La cuestión es que volver a la rutina es irremediable (hasta que no venga alguien muy sabio y consiga poner el mundo patasarriba). Mientras tanto nos conviene ponérnoslo lo más fácil posible para encajar el golpe con mayor deportividad. Los adultos hacemos esas escapaditas a la playa findesemaneras, intentando apropiarnos de los últimos rayos de sol y acumulamos folletos en los cajones pensando en las vacaciones del año que viene. Los niños quizás no tienen tan controladas estas tácticas escapistas y somos nosotros los encargados de ponerles algún cojín debajo para que el golpe no sea tan seco.

Tras cinco años dando palos de ciego el año pasado parece que dimos con la fórmula de encajar mejor la vuelta a la rutina: una carrera de puntos. Por supuesto, no hemos inventado nada (hasta los venden en felpa en las jugueterías). La única diferencia es que la nuestra es casera y los hitos a conseguir son personalizados en los puntos flacos de cada niño.

carrera

La técnica es esta: los niños deben superar ciertos retos cada día y, de cumplirlos, ganan un punto que colorean en el mural cada noche. Cada siete puntos ganan un pequeño premio (chocolate, una moneda, un pequeño muñequito, etc.) y tras un mes (tiempo suficiente para superar la “vuelta al cole”) llegan a la meta y consiguen un premio más sustancioso. El punto puede ponerse en entredicho si el niño flaquea en alguno de sus objetivos o presenta mala conducta en general (rabietas, peleas, etc.). Lo sorprendente es que lo que parece a primera vista una motivación extrínseca al niño (por el premio a ganar) se convierte enseguida (si el adulto tiene mano izquierda) en una motivación intrínseca simplemente por superarse a sí mismo en los puntos flacos señalados.

Viendo los buenos resultados que nos dio la dinámica el curso pasado decidimos instaurar la dinámica antes de que se mascara la crisis ( días antes de empezar el cole). La diferencia fundamental (a mi juicio) con la carrera del año pasado, es que este año han sido los niños los que eligieron qué premios ganarían (chocolate y cosas brillantes en los pequeños hitos y un hámster como gran premio final). Pero, sobre todo, que meditaron ellos mismos sobre las cosas que debían mejorar. Nos sentamos todos a dibujar el mural y luego hicimos una lista por detrás de las cosas que servirían (de cumplirse) para ganar puntos. Comencé yo: necesitaba que volvieran a dormirse solos por la noche (rutina completamente echada a perder durante las vacaciones); siguió A diciendo que se quedaría sin llorar en el cole (este año ya ha pasado al cole de “mayores” de su hermano R); siguió R diciendo que sabía que tenía que ser más cariñoso… Esta autocrítica me dejó alucinada porque, efectivamente, rehúye dar besos a cualquier miembro de la familia (excepto su hermanita O; a veces yo también me gano ese privilegio) y, acepta, de mala gana abrazos y achuchones.

La carrera comenzó con muy buenos resultados: desde el primer día (no sin algún lloro) aceptaron y consiguieron quedarse dormidos solos de nuevo. A gimoteó solo algún día pero, en conjunto, ha encajado el comienzo del cole con mucha deportividad. Y R ha flaqueado alguna vez con su tarea: cuanto más mayor somos más enraizadas se vuelven nuestras conductas.  Pero sí se ha percibido una mejora evidente.

De todos modos, hemos trabajado el asunto también desde otra perspectiva. R tiene casi 7 años y ya ha empezado a perder dientes (acontecimiento que muchas culturas valoran como hito para la adquisición del “juicio”) y, aprovechando que por las noches se pone más filosófico, antes de dormir le pido que se haga una pregunta fundamental que debe responderme a la mañana siguiente. Hace tres noches le dije que se preguntará a sí mismo por qué no le gustaba que le dieran besos. La primera mañana amaneció sin respuesta, también la segunda; a la tercera ya se me olvidó preguntar pero se acercó él mismo ha decirme que ya sabía la respuesta: ¡no le gusta que le dejen babas! Por eso no le importa tanto que le den abrazos o dar él mismo los besos… ¡nos ha salido escrupuloso! ¡pero teniendo el motivo ya se puede buscar la solución!

En resumen, podemos decir que este septiembre no ha sido (ni por asomo) tan complicado como el del año pasado. Tuvimos más visión de fondo y, como suele ser habitual, la mano izquierda nos ayudó a poner las cosas en su sitio.

Anuncios

¡Bye, bye, chupete!

Estándar

elchupete

Como el protagonista de El chupete de Orianne Lallemand llevábamos tiempo barruntando qué es lo que no encajaba en A. Casi tres años y… ¿todavía con chupete?

Ciertamente la campaña anti-chupete había comenzado mucho tiempo  atrás, desde que hace más de un año le compramos el libro de Lallemand para ir preparando el terreno. Aunque, claro está, él lo leyó como quien oye llover.

– ¿Leemos El potopete? – nos preguntaba de tanto en tanto. Pero, cuando llegábamos a la página en que el protagonista se despide de su preciado tesoro en todos los idiomas (bye, bye, au revoire, arrivederci…), A agitaba su manita y apretaba su chupete.

Un tiempo después utilizamos la misma técnica usada con R hace ya más de tres años. Los chupetes desaparecieron de su cajita (de la que A podía surtirse libremente) y solo reaparecían misteriosamente colocados debajo de su almohada a la hora de irse a dormir.

– ¡Se los ha llevado el duende que quiere que te hagas mayor ya!

Según la mitología familiar cada niño tiene asignado un duende que le ayuda en su andadura de hacerse mayor. Aparece en torno a los 3 años y se lleva a su guarida (cuya puerta siempre está en la habitación de los padres) todos los chupetes del niño; haciéndolos reaparecer por las noches.  Hasta que un día, simplemente dejan de traerlos y la presencia del chupete se sustituye con algún otro detalle bajo la almohada hasta que, poco a poco, los niños asimilan que se ha cerrado una etapa. La verdad es que ni R en su día y A ahora han discutido la autoridad del duende. Comprendieron en seguida el simbolismo mágico de su intención: ¡hacerles mayores! Luego, claro está, interviene también su propia capacidad de racionalización:

Mamá.- Pero, ¿por qué crees que necesitas tanto el chupete?

R.- (llorando) Porque tengo miedo.

Mamá.- Pero si el chupete es solo un trozo de plástico, ¿cómo te va a quitar el miedo un trozo de plástico?

R.- Pero es que a veces tengo aquí como un monstruo que me muerde por dentro y cuando me pongo el chupete se calla (la metáfora de R para explicar su miedo todavía me tiene fascinada…).

Mamá.- Pero… No te das cuenta de que el chupete no puede protegerte de nada. Si tienes miedo puedes llamar a mamá o a papá y ellos vendrán y te darán un abrazo muy fuerte y te protegeran de todo lo malo.

Esta conversación zanjó la cuestión con R hace tres años. No más chupete. Con  A digamos que ha sido más difícil. Él es más emocional que racional. Al contrario que R.

El duende dejó de traerle el chupete a A hace una semana… Digamos que esta semana se ha hecho muy larga, a pesar de que A ha encajado el golpe con mucha deportividad. La sustitución del momento chupete por el momento regalo del duende (una caja de pinturas, un caramelo, una figurita con forma de duente -retrato del duende-) le ha dado aire al asunto, le ha tocado el orgullo con el hecho de que alguien externo (el duende) le autorice y le invite a hacerse mayor.  Podemos decir que ha reaccionado muy por encima de las expectativas que teníamos puestas en el asunto.  Los niños siempre te sorprenden. Su capacidad de asimilación es mayor de lo que parece en un primer momento. Tal vez por su inconsciencia, pero eso no hace menor el mérito.

  Aun así cuando por la noche le despiertan las pesadillas (muy frecuentemente) la palabra “chupete” se le cuela en la punta de la lengua. Hay que ser fuerte y no ceder. Poquito a poco vamos progresando… Es largo el camino de hacerse mayor…

En fin… Otros utilizan vinagre y hay hasta quien entierra chupetes con la esperanza de que salgan árboles. Nosotros, recurrimos a esta fórmula (mágia + paciencia) que, por el momento, nos va funcionando.

Una imagen para el recuerdo

Una imagen para el recuerdo

Un septiembre complicado: la importacia de la “mano izquierda”

Estándar

Comenzamos septiembre con un cuadro complicado:

Mi hijo mediano A, de dos años y medio, comienza a ir a la guardería.

La preciosa O, de tres meses, acaba de llegar, como quien dice, y todavía está revolucionando todo con su presencia.

Y R, de cinco años y medio, tiene un carácter difícil y, sin duda, se le “atraganta” la vuelta a la rutina.

Lo cierto es que no hace falta mucha imaginación para ponernos en su pellejo. A los adultos no se nos está permitido llorar a moco tendido o enfadarnos porque las vacaciones se han acabado, aunque bien nos gustaría poder hacerlo.

En fin. Cada uno lleva el “trauma” a su manera:

A es un libro abierto y expresa muy bien las emociones: llora y dice que “él quiere estar en casa y no en la guarde”.

O lo mira todo con sus grandes ojos oscuros de sabia pequeñita y soporta con paciencia zen largas jornadas sentada en su hamaca.

Y R, ese genio complicado, nos culpa de la “tragedia” de tener que volver a madrugar.

Cada uno comete su “pecado” y parece que a nosotros se nos ha olvidado un poco el “oficio” de padre durante el verano. Después de la primera semana de descontrol (gritos, castigos, etc.) G y yo nos sentamos para apartar nuestras narices del problema. Vista desde fuera la conclusión es evidente. De nada nos ha servido la solución que habíamos puesto en marcha de manera instintiva: esa mano derecha, directa y cerebral, que siempre apunta con su dedo índice a los niños. Es evidente que nuestros hijos lo están pasando “mal” y hay que abordar el problema desde el otro lado: el de la mano izquierda.

En este caso se traduce como “refuerzo positivo”. En casa ya hemos solucionado otras situaciones “difíciles” con el sistema del concurso/carrera, así que nos podemos literalmente manos a la obra y la mañana siguiente los niños descubren pegado en la puerta de su habitación este cartel:carrera

La carrera refuerza los puntos flacos de cada uno en su manera de afrontar el nuevo curso: A necesita una dosis extra de valentía para quedarse en la guardería sin llorar y R debe tratar de reconciliarse con su entorno (nosotros) mediante el cariño y la obediencia.

La carrera tiene 30 casillas y los niños van coloreando una casilla por noche si han cumplido los objetivos del juego y los jueces deportivos (nosotros) no han tenido que “dejarles sin punto” por incumplimiento de las reglas del juego. Cada X casillas los jugadores tendrán una pequeña recompensa (un pequeño muñeco, una comida especial, etc.) y al llegar a la meta conseguirán el gran premio.

Como otras veces, experimentamos que el efecto positivo de este tipo de trucos es INMEDIATO. Sobre todo con R que tiene el carácter más complicado. El lenguaje deportivo, la sensación de estar realizando una hazaña de héroe venciendo los propios instintos, las pequeñas recompensas cada día y la promesa de la gran recompensa final actúan como un bálsamo. Nuestro R se “domestica” enseguida y vuelve a ser el niño obediente y genial de siempre. A también está muy motivado y ayer mismo obtuvo el premio “fenomenal” que da la profe de la guardería al niño que mejor se ha portado cada día.

Todavía queda la mitad de la carrera por recorrer pero el curso ya está encauzado. Aunque es indudable que pronto surgirán otros retos. Esperamos esta vez no olvidarnos de lo importante que es siempre la destreza de la mano izquierda.