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Taller de habilidades socioemocionales

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Desde hace unos meses las familias de la clase de R (8 años) venimos comentando que los niños se nos están haciendo “mayores”. Entre otras cosas porque “de pronto” son muy conscientes de cuándo los demás invaden su espacio personal y les causan algún daño con algún comentario o conducta que no son de su agrado. Esto es una evolución evidente en su percepción del mundo y en su interacción con él. Notan que algo les agrede y quieren reaccionar ante ello. Antes, estas situaciones eran muy minoritarias; para ello ayuda también la poca memoria que tenemos en los primeros años de nuestra vida para generar rencor o resentimiento, inseguridades adquiridas, etc.

Ahora, sin embargo, este “me han hecho/me han dicho” está de actualidad. Aunque frecuentemente a nosotros, sus padres, nos llegan estos pequeños (y a veces no tan pequeños) malestares porque no han sabido manejar la situación in situ. Síntoma de que, obviamente, estamos en mitad del camino y no en la meta.

Por otro lado, la posición de víctima es solo la mitad del fenómeno. En el otro lado está el “agresor”; un agresor involuntario en gran parte de los casos que, bien por falta de empatía, bien porque no capta el grado de sensibilidad del otro, ni siquiera sabe que está infringiendo un daño. En otros tantos casos, sí comienzan a ser conscientes y es una manera de medir límites y de gestionar liderazgos. Desde luego,también maduran nuestros niños durante la prueba de los límites de la crueldad. Todos lo hemos hecho así,  tanteando. Según nuestros caracteres, nos ha tocado a veces ser un poco más víctima y otras veces un tanto más verdugo. Y en la mayoría de los casos no ha llegado la sangre al río.

Sin embargo, hoy muchos tenemos la idea de que la Educación debe abarcar mucho más que las materias instrumentales (lengua, mates, cono, inglés…). Hay mucho que aprender sobre cómo gestionar nuestras emociones, la empatía, la inteligencia intra e interpersonales y las habilidades socioemocionales y esos aprendizajes pueden mejorar exponencialmente nuestra calidad de vida y la de los que nos rodean. En otros países  ya se están llevando a cabo programas de prevención, por ejemplo, del acoso precisamente con el entrenamiento en estas habilidades de identificar los sentimientos en los demás y obrar en consecuencia a través del fomento de la empatía. El programa finlandés Kiva es un buen ejemplo.

Así pues, propuse a la maestra de la clase de R que me prestara alguna de sus horas para poner un taller de habilidades socioemocionales en marcha con los niños. Aceptó y hay que reconocer por escrito su infinita generosidad y su auténtica vocación por la enseñanza y sus niños. Cederme esas horas es para empezar un acto de confianza en mis posibilidades, y supone que comprende, como tantos, la importancia de la Educación en estas materias. Pero en su caso es especialmente valioso el gesto porque su cesión le acarreará de hecho algunos problemas con su apretada programación. Mi más sincero gracias.

Hace un par de semanas tuvimos nuestra primera sesión. Los niños habían sido avisados de mi visita pero no sabían exactamente qué venía a hacer. Prácticamente todos los años vamos a contarles cuentos (hay que aprovechar el oficio para los nuestros), así que supongo que se sorprendieron cuando entraron en su aula tras el recreo y escucharon que sonaba música y que sobre sus pupitres había corazones de cartulina. IMG_20160217_113917

Nada más entrar muchos ya se colgaron el corazón. Buen pálpito. Les conté que mi visita esta vez era diferente. Que me mandaba el CEIYE (Centro Español de Inteligencia y Espionaje) porque teníamos una misión: muchos adultos no habían aprendido a “comportarse” de niños y ahora solucionaban sus problemas creando guerras o, incluso, se olvidaban de reciclar (impagable la cara que pusieron cuando mencioné esto segundo, ¡no daban crédito!). “Vosotros ahora sois niños”, les dije, “pero dentro de 20 años seréis los futuros presidentes de gobierno, profesores, médicos, enfermeros, cuidadores, panaderos, publicistas, abogados (cada uno iba añadiendo su pretendida profesión futura…) y para entonces vosotros tendréis que resolver algunos problemas que habrán dejado los adultos de hoy por no gestionar bien algunas cosas”.

La llamada de atención a su futura responsabilidad les puso tiesos en las sillas (es increíble las ganas que tienen de comerse el mundo y lo bien que aceptan los cabos que se les tiran). Pasamos a “un ejemplo” concreto para que comprendieran mejor su misión. Ahora sí les conté un cuento: Oliver Button es un nena de Tomie de Paola.

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Una magnífica historia sobre el valor de la diversidad y cómo a veces nos empeñamos en ver defectos donde podemos ver virtudes. La historia me interesaba también porque en ella pueden verse diferentes actitudes ante las injusticias que cometemos sobre los demás. Desde la más pura y cruel acción,  pasando por la simple connivencia (a veces tan perniciosa o más que la acción) hasta la empatía y la oposición a la injusticia.

Cuando acabamos reflexionamos todos juntos sobre la historia. Todos tenían muchas ganas de hablar sobre lo injusto que es meterse con alguien por ser diferente, sobre la diferencia como algo inherente de cada una de nuestras personalidades, sobre la riqueza de esa diferencia. El éxito total de intervenciones sobrevino cuando les pregunté si alguna vez se habían sentido como Oliver, si alguien les había dicho o hecho algo que les hubiera causado malestar. A todos, sin excepción les había pasado, y todos manifestaron haberse sentido fatal. El doble salto mortal supuso preguntarles si ellos alguna vez habían dicho o hecho algo que hubiera herido a alguien. Ahí costó entrar. Hacer examen de conciencia es dificilísimo sobre todo porque hacer daño a otro se olvida al minuto, pero cuando nos lo hacen a nosotros, y a estas edades, nos lo guardamos muy dentro. Sin embargo, algunos valientes empezaron a “confesar” (situaciones que por otro lado eran de lo más inocente) y así se creó un clima de que “la cosa se había hecho pero no se iba a volver a hacer porque ahora sabíamos lo que duele”.  Y si volvían a pasar, ahora todos sabían que debían defender a aquel que estaba sufriendo y no cruzarse de brazos o darle la razón “al abusón”.

Huelga decir que los niños (y yo) hubiéramos necesitado mucho más de tres cuartos de hora para llegar al fondo de la cuestión, pero como primera tentativa lo consideré un éxito.

Ahora que ya sabíamos cómo debíamos comportarnos con los demás, debíamos darnos cuenta también de que, para estar bien con los demás teníamos que estar bien primero con nosotros mismos. Para ello comenzamos dándonos un súper autoabrazo y, de paso, decirnos unas cuantas cosas bonitas. Después, cada uno escribió su nombre en mayúsculas en su corazón de cartulina y enseguida lo pasó por la clase para que los compañeros pudieran escribirle en él alguna de sus virtudes. Claramente esta parte fue la que más disfrutaron. Todos querían escribir en el corazón de todos y cuando acabamos cada uno portaba su pedazo de cartulina en las manos como un auténtico tesoro. Y lo era. Ahora tenían por escrito un montón de palabras que les llenarían de buena energía en los buenos y malos momentos. Ahora sabían que todos sus compañeros (algunos, buenos amigos; otros, tal vez no tanto) les valoraban y les consideraban únicos por algo.

IMG_20160217_123013El clima estaba creado: salieron del aula y muchos seguían lanzándose piropos… Pero como todos los aprendizajes con un día no basta. Si ha tenido su valor ha sido por ser una experiencia en grupo, con los compañeros con los que comparten cada día su tiempo. Esperamos, por eso, que ayude a fortificar las enseñanzas individualizadas que todos los padres les inculcamos desde casa. Y que estos niños nuestros sean más inteligentes que sus predecesores y no caigan en nuestros errores.

Mascotas: una prueba de fuego para hacerse responsables

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Esta es Rolo. La hámster rusa que A y R ganaron en nuestra tradicional carrera/ghymkana de comienzo de curso. Fueron ellos mismos los que eligieron y demandaron que Rolo fuera la meta de todos sus esfuerzos. Nosotros no dudamos un momento en concederles ese deseo. Primero, porque G llevaba toda la vida también deseando una mascota (hay deseos que, por suerte, nunca se extinguen). Segundo, porque R llevaba “adoptando” durante varios meses cualquier animalillo o bichito que le se ponía a tiro evidenciando cada día más que su petición de una mascota era una inclinación verdadera.

Después de muchos ensayos virtuales con una husky siberiana virtual llamada Tara (vivita y coleante solo en el mundo de Nintendogs), los primeros en ser “adoptados” por R fueron unos caracoles cántabros que le salieron al paso durante las vacaciones.

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Brillante, Colorines, Babosín, Calavera, fueron los nombres de los caracoles “domesticados” que nos acompañaron en nuestro viaje veraniego por el Norte. Y digo “acompañaron” porque los caracoles viajaron con nosotros de Cantabria a Asturias, comían con nosotros incluso cuando salíamos a un restaurante, y dormían bien cerquita de su dueño, R. ¿Cómo fue posible? Los niños improvisaron una casa de caracoles con un tapper reciclado; adornaron el ecosistema de los caracoles con frutas de plástico, piedras y palos, y se encargaban de alimentar, humedecer el ambiente y limpiar el tapper días tras día.

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La verdad es que los caracoles parecían estar la mar de bien, porque aguantaron con nosotros hasta la vuelta a Madrid (excepto el favorito, Brillante, que en un despiste clarividente se le olvidó a R encima de la mesa en Asturias). Al llegar a la capital se demostró que el clima de los caracoles era clara y exclusivamente el norteño, porque comenzaron a “espurretear” (no se me ocurre un término más gráfico para explicarlo). Ahí es cuando nos dimos cuenta de que nuestros caminos tenían que separarse y los liberamos en el parque.

Después de los caracoles, R ha demostrado una vocación clara por el cuidado de los animales; cualquiera. Hemos alimentado y cuidado a hormigas (Faldina, RIP) y gusanos (Gusa, RIP), hasta que “la muerte nos ha separado”. Lo que evidencia que el deseo de “mascotas” se puede satisfacer o testar de muy diferentes maneras y sin una inversión de dinero inicial, hasta comprobar que la apetencia del niño es más que un capricho pasajero.

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Y ahora le ha llegado el turno a Rolo: una subida cuantitativa en el escalafón de identidad, tamaño y expresividad (¡es para comérsela!). Los niños la alimentan cada día, limpian la jaula (con ayuda paterna) y, con una falta de escrúpulo más propia de una enfermera en tiempos de guerra, retiran las cacas según van cayendo. G y R le han construido a Rolo un laberinto con botellas de leche y castillos y casitas con los Legos, de manera que cada día se encuentra la jaula con una decoración distinta.

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Simplemente quemando con un mechero las botellas se pueden ir insertando unas con otras. Rolo se mueve a sus anchas en el laberinto, mientras se va encontrando los “premios” que los niños le dejan en cada “habitación”

Rolo, pequeñita y encantadora, les ha desatado un cariño y un instinto de protección innato. Han asumido, como un honor y no como una carga, la responsabilidad de cuidar a ese otro ser más vulnerable y desprotegido que ellos. Es una preciosa lección vital. Aunque no queremos parecer ingenuos; está por ver todavía si el tiempo la vuelve más sólida o si por el contrario la diluye. Pero, sea como fuere, la lección queda ahí. Y eso es más valioso que no haberla vivido.

Un septiembre no tan complicado

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Creo que todo padre con niños en edad escolar sabe que septiembre puede ser un mes muy complicado de sobrellevar por algo muy sencillo: se acaban las vacaciones y hay que volver a los horarios. Cosa difícil de reconducir porque en la mente de un niño en casi tres meses se transforma lo que era excepción en norma. ¡Y ahora a volver a ponerlo todo patas arriba y a seguirle el ritmo a los despertadores y timbres de colegio cuando ya ni recuerdan para qué servían!

A más de un padre en esta lucha por meter a los niños de nuevo en el cauce se le habrá escapado la frase: “Están para regalarlos”. Es comprensible (que tire la primera piedra quien no lo haya dicho alguna vez). Pero no nos engañemos. Si se han inventado los tecnicismos de “depresión pospavacional” para explicar esa abulia que nos embarga a los mayores cuando volvemos al trabajo y el de “astenia primaveral” para justificar, desde la medicina, que necesitamos las vacaciones de verano “ya”, es porque a nosotros nos pasa exactamente lo mismo que a los niños: también nos habíamos acostumbrado a lo bueno.

La cuestión es que volver a la rutina es irremediable (hasta que no venga alguien muy sabio y consiga poner el mundo patasarriba). Mientras tanto nos conviene ponérnoslo lo más fácil posible para encajar el golpe con mayor deportividad. Los adultos hacemos esas escapaditas a la playa findesemaneras, intentando apropiarnos de los últimos rayos de sol y acumulamos folletos en los cajones pensando en las vacaciones del año que viene. Los niños quizás no tienen tan controladas estas tácticas escapistas y somos nosotros los encargados de ponerles algún cojín debajo para que el golpe no sea tan seco.

Tras cinco años dando palos de ciego el año pasado parece que dimos con la fórmula de encajar mejor la vuelta a la rutina: una carrera de puntos. Por supuesto, no hemos inventado nada (hasta los venden en felpa en las jugueterías). La única diferencia es que la nuestra es casera y los hitos a conseguir son personalizados en los puntos flacos de cada niño.

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La técnica es esta: los niños deben superar ciertos retos cada día y, de cumplirlos, ganan un punto que colorean en el mural cada noche. Cada siete puntos ganan un pequeño premio (chocolate, una moneda, un pequeño muñequito, etc.) y tras un mes (tiempo suficiente para superar la “vuelta al cole”) llegan a la meta y consiguen un premio más sustancioso. El punto puede ponerse en entredicho si el niño flaquea en alguno de sus objetivos o presenta mala conducta en general (rabietas, peleas, etc.). Lo sorprendente es que lo que parece a primera vista una motivación extrínseca al niño (por el premio a ganar) se convierte enseguida (si el adulto tiene mano izquierda) en una motivación intrínseca simplemente por superarse a sí mismo en los puntos flacos señalados.

Viendo los buenos resultados que nos dio la dinámica el curso pasado decidimos instaurar la dinámica antes de que se mascara la crisis ( días antes de empezar el cole). La diferencia fundamental (a mi juicio) con la carrera del año pasado, es que este año han sido los niños los que eligieron qué premios ganarían (chocolate y cosas brillantes en los pequeños hitos y un hámster como gran premio final). Pero, sobre todo, que meditaron ellos mismos sobre las cosas que debían mejorar. Nos sentamos todos a dibujar el mural y luego hicimos una lista por detrás de las cosas que servirían (de cumplirse) para ganar puntos. Comencé yo: necesitaba que volvieran a dormirse solos por la noche (rutina completamente echada a perder durante las vacaciones); siguió A diciendo que se quedaría sin llorar en el cole (este año ya ha pasado al cole de “mayores” de su hermano R); siguió R diciendo que sabía que tenía que ser más cariñoso… Esta autocrítica me dejó alucinada porque, efectivamente, rehúye dar besos a cualquier miembro de la familia (excepto su hermanita O; a veces yo también me gano ese privilegio) y, acepta, de mala gana abrazos y achuchones.

La carrera comenzó con muy buenos resultados: desde el primer día (no sin algún lloro) aceptaron y consiguieron quedarse dormidos solos de nuevo. A gimoteó solo algún día pero, en conjunto, ha encajado el comienzo del cole con mucha deportividad. Y R ha flaqueado alguna vez con su tarea: cuanto más mayor somos más enraizadas se vuelven nuestras conductas.  Pero sí se ha percibido una mejora evidente.

De todos modos, hemos trabajado el asunto también desde otra perspectiva. R tiene casi 7 años y ya ha empezado a perder dientes (acontecimiento que muchas culturas valoran como hito para la adquisición del “juicio”) y, aprovechando que por las noches se pone más filosófico, antes de dormir le pido que se haga una pregunta fundamental que debe responderme a la mañana siguiente. Hace tres noches le dije que se preguntará a sí mismo por qué no le gustaba que le dieran besos. La primera mañana amaneció sin respuesta, también la segunda; a la tercera ya se me olvidó preguntar pero se acercó él mismo ha decirme que ya sabía la respuesta: ¡no le gusta que le dejen babas! Por eso no le importa tanto que le den abrazos o dar él mismo los besos… ¡nos ha salido escrupuloso! ¡pero teniendo el motivo ya se puede buscar la solución!

En resumen, podemos decir que este septiembre no ha sido (ni por asomo) tan complicado como el del año pasado. Tuvimos más visión de fondo y, como suele ser habitual, la mano izquierda nos ayudó a poner las cosas en su sitio.

¡Bye, bye, chupete!

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Como el protagonista de El chupete de Orianne Lallemand llevábamos tiempo barruntando qué es lo que no encajaba en A. Casi tres años y… ¿todavía con chupete?

Ciertamente la campaña anti-chupete había comenzado mucho tiempo  atrás, desde que hace más de un año le compramos el libro de Lallemand para ir preparando el terreno. Aunque, claro está, él lo leyó como quien oye llover.

– ¿Leemos El potopete? – nos preguntaba de tanto en tanto. Pero, cuando llegábamos a la página en que el protagonista se despide de su preciado tesoro en todos los idiomas (bye, bye, au revoire, arrivederci…), A agitaba su manita y apretaba su chupete.

Un tiempo después utilizamos la misma técnica usada con R hace ya más de tres años. Los chupetes desaparecieron de su cajita (de la que A podía surtirse libremente) y solo reaparecían misteriosamente colocados debajo de su almohada a la hora de irse a dormir.

– ¡Se los ha llevado el duende que quiere que te hagas mayor ya!

Según la mitología familiar cada niño tiene asignado un duende que le ayuda en su andadura de hacerse mayor. Aparece en torno a los 3 años y se lleva a su guarida (cuya puerta siempre está en la habitación de los padres) todos los chupetes del niño; haciéndolos reaparecer por las noches.  Hasta que un día, simplemente dejan de traerlos y la presencia del chupete se sustituye con algún otro detalle bajo la almohada hasta que, poco a poco, los niños asimilan que se ha cerrado una etapa. La verdad es que ni R en su día y A ahora han discutido la autoridad del duende. Comprendieron en seguida el simbolismo mágico de su intención: ¡hacerles mayores! Luego, claro está, interviene también su propia capacidad de racionalización:

Mamá.- Pero, ¿por qué crees que necesitas tanto el chupete?

R.- (llorando) Porque tengo miedo.

Mamá.- Pero si el chupete es solo un trozo de plástico, ¿cómo te va a quitar el miedo un trozo de plástico?

R.- Pero es que a veces tengo aquí como un monstruo que me muerde por dentro y cuando me pongo el chupete se calla (la metáfora de R para explicar su miedo todavía me tiene fascinada…).

Mamá.- Pero… No te das cuenta de que el chupete no puede protegerte de nada. Si tienes miedo puedes llamar a mamá o a papá y ellos vendrán y te darán un abrazo muy fuerte y te protegeran de todo lo malo.

Esta conversación zanjó la cuestión con R hace tres años. No más chupete. Con  A digamos que ha sido más difícil. Él es más emocional que racional. Al contrario que R.

El duende dejó de traerle el chupete a A hace una semana… Digamos que esta semana se ha hecho muy larga, a pesar de que A ha encajado el golpe con mucha deportividad. La sustitución del momento chupete por el momento regalo del duende (una caja de pinturas, un caramelo, una figurita con forma de duente -retrato del duende-) le ha dado aire al asunto, le ha tocado el orgullo con el hecho de que alguien externo (el duende) le autorice y le invite a hacerse mayor.  Podemos decir que ha reaccionado muy por encima de las expectativas que teníamos puestas en el asunto.  Los niños siempre te sorprenden. Su capacidad de asimilación es mayor de lo que parece en un primer momento. Tal vez por su inconsciencia, pero eso no hace menor el mérito.

  Aun así cuando por la noche le despiertan las pesadillas (muy frecuentemente) la palabra “chupete” se le cuela en la punta de la lengua. Hay que ser fuerte y no ceder. Poquito a poco vamos progresando… Es largo el camino de hacerse mayor…

En fin… Otros utilizan vinagre y hay hasta quien entierra chupetes con la esperanza de que salgan árboles. Nosotros, recurrimos a esta fórmula (mágia + paciencia) que, por el momento, nos va funcionando.

Una imagen para el recuerdo

Una imagen para el recuerdo

Planes de fomento de lectura: ¿leer a cualquier precio?

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Estamos realmente contentos con el colegio público que elegimos para nuestro hijo R. Es un cole pequeño y familiar. La naturaleza y la lectura son sus dos estandartes. La importancia de la naturaleza se materializa en un estupendo patio de juegos lleno de árboles y un pequeño huerto en donde los niños más mayores y los padres voluntarios podemos trabajar. También en una esforzada intención de concienciación ecológica con varias prácticas de reciclaje en las que involucra a toda la familia. Por su parte, la “lectura” se fragua en torno a una recoleta biblioteca de centro y un plan de fomento de la lectura que permite sustituir una de las horas destinadas a Lengua Española por una de Taller de lectura.

Dicho así todo suena a cuento de hadas pero la realidad, como suele pasar, siempre nos sorprende con algunos detalles  que nos hacen arrugar la nariz. Este año R ha pasado a primaria y hemos visto como la inmensa e inconmensurable satisfacción y realización del trabajo creativo que los maestros de infantil habían puesto en práctica con los niños se transformaba en un rictus de estrés en sus caras por cumplir con los “objetivos de la programación” y de la inspección. Rictus de estrés que enseguida se ha contagiado a las caras de los padres y, dentro de no mucho, se materializará lamentablemente en la cara de nuestros hijos. Afortunadamente ellos son todavía poco permeables al ritmo adulto y a nuestra tendencia a abarcar más de lo que podemos apretar.

Ya a finales de infantil tuvimos la desgraciada suerte de que se eligiera nuestro colegio, entre otros, para que la Comunidad de Madrid efectuar una prueba piloto para evaluar cómo de afianzados tenían los niños el nivel lector y las matemáticas al finalizar la Educación Infantil… ¡pero si aprender a leer y a escribir no aparece como un requisito en el currículo de Infantil! ¡Máxime cuando no es una educación obligatoria!

Este año, en 1º de Primaria, nos hemos encontrado con que nuestros hijos ya no son niños sino estudiantes. El ritmo de aprendizaje que se les exige por el Decreto Ley es inasumible en las horas de docencia de las que disponen los maestros; y eso que las horas mínimas que un escolar pasa en el centro son ¡siete!… Siete en los casos de los más afortunados cuyos padres trabajan justo en las horas en las que él está en la escuela. Si no puede que haya aparecido en el colegio en los desayunos de “Los primeros del cole” sobre las 8 en algunos colegios, en otros hasta a las 7:30. También pueden quedarse hasta las 17h en el servicio de ludoteca o ir enlazando extraescolar tras extraescolar hasta que sus pobres padres, esclavos modernos, pueden ir a recogerles.

En fin, como iba diciendo, nuestros hijos ya no son niños. ¡Tienen nada menos que seis/siete años y tienen que ser ya introducidos en el ritmo de los tiempos! Contenido + contenido + contenido. ¡Acabar los libros (que nos han costado muy caros y no es plan de dejarlos a medias)! Poco o ningún tiempo para lo que no es Lengua, Matemáticas o Inglés (pobres conocimientos artísticos/humanísticos/naturales, ¿para qué servirán? ¡ya ni me acuerdo!). Y, por si fuera poco, como en el cole no da tiempo de nada ¡deberes para casa! ¡exactamente de la misma índole de los realizados en el colegio! Para ocuparles el poco tiempo que tienen para realizar otras tareas que les realicen o disfrutar de esa santa tarea que hoy está proscrita que es ¡no hacer nada! (= tener tiempo para improvisar = ser libres = disponer de uno de los dones vitales más preciados: nuestro propio tiempo).

Por favor, parémonos un momento a meditar (que precisamente es para lo único que no tenemos tiempo con el ritmo de nuestras vidas). Si preguntas a maestros,  padres o alumnos raro es el que no encuentra pegas al sistema. ¿De quién es entonces la culpa de este sinsentido? ¿De las editoriales que sacan su tajada con libros más gordos de lo asumible? ¿De los encargados de legislar que realizan las leyes educativas desde la más pura teoria y con el complejo de inferioridad de sacar baja puntuación en ese examen terrible que es el Informe PISA (que solo mide las competencias lectoras, matemáticas y científicas? ¿De los padres que comulgamos con el sistema y pensamos que es la única manera de formar hijos “competitivos” laboralmente hablando en el despiadado mundo laboral de hoy en día?

¡Parémonos a pensar, por favor! Si miramos a algunos de los países que sacan buena puntuación en PISA (Finlandia, por ejemplo) comprobaremos que tienen modelos educativos completamente opuestos al nuestro: menos horas de docencia, profesionales hipercualificados (para entrar en Magisterio se piden las notas más altas), muchos medios humanos en las aulas, menos importancia en horas a las disciplinas que mide PISA y, sobre todo, las leyes de educación se fraguan bajo la atenta mirada de políticos y educadores. Podéis ver este capítulo de Salvados donde se desarrollan todas estas ideas.

Parece entonces que lo estamos haciendo todo al revés. ¿Qué podemos hacer los padres? Desde mi humilde opinión cuestionar el sistema y explicitarlo. Personalmente, llevo luchando varios años contra la costumbre de los “deberes” a la antigua usanza. Si se tienen que reforzar algunos aspectos de la materia en casa porque a los maestros no les da tiempo a terminar el temario en clase hay que ayudar. Y es que los maestros en todo este meollo son, probablemente, las cabezas de turco: se llevan las bofetadas de todo el sistema cuando son los que menos culpa tienen. Lo sé de primera mano. Bien cerca tengo a mis padres, los dos maestros, dándolo todo por sus alumnos.

Mi caballo de batalla en el cole de R, como ya he enunciado otras veces, es que nos dejen trabajar esas actividades desde perspectivas más alentadoras y creativas para nuestros hijos. Ya que nosotros solo tenemos uno, dos o tres niños por “aula”, y no cerca de 30 como en las aulas españolas es cada vez más frecuente, podemos trabajar con ellos con herramientas, enfoques y procesos que los profesores (por sus circunstancias y no por falta de ganas, me consta) no pueden abarcar.

Sigo trabajando en ello, como digo. Y está “en proceso” porque siguen respondiéndome que no pueden dejarnos trabajar en casa “lo que queramos” porque unos padres lo haríamos y otros no. Es una respuesta consecuente con los tiempos. Pero como siempre, pagan justos por pecadores. Así que lo hago como “extra”, pero ese no era el espíritu de la reivindicación.

Lo que sí hacemos en casa es alentar, como podemos, a nuestro hijo R con el plan de lectura del cole antes mencionado. Como dije, no todo es un camino de rosas en el fomento de la lectura. Supongo que al concederlo la Comunidad dio una dotación de libros inmensa al colegio. Pero lo que nosotros nos hemos encontrado es que desde el primer mes de clase nuestros hijos tienen que leer un libro a la semana de en torno a 30 páginas. Muchos, entre ellos mi hijo, empezó el curso leyendo como una “tortuga” y una semana (si descontamos las horas de clase, de sueño, de alimentación y de ocio) no deja muchos ratos libres para leer al ritmo que van los niños. ¿Resultado? Uno tiene que perseguirles para cumplir objetivos. ¿Puede uno amar así la lectura? ¿Apasionarse con ella?

Como dijo sabiamente Jorge Luis Borges: “La idea de la lectura obligatoria es una idea absurda: tanto valdría hablar de la felicidad obligatoria”. En fin, desde casa ponemos a prueba todos los días nuestras estrategias para que la “persecución” de lectura no se evidencie como tal. Para ello, inventamos “el tablón del crítico literario”. R, como ya hemos explicado, funciona muy bien con el refuerzo positivo así que compramos un corcho y cada vez que termina un libro dibujamos todos el momento que más nos ha gustado de la historia, fotocopiamos la portada y emitimos nuestro juicio votando del 1 al 10 cuánto nos ha gustado y tratando de explicar por qué. Eso le otorga un objetivo palpable a la lectura (además del intangible de ir interiorizando los mecanismos de decodificación).

Respecto a la elección de las lecturas, el problema principal es que vengan “dadas” (supongo que por la dichosa dotación de libros) contraviniendo todas las consignas de “dejarles elegir” que se promulgan desde las facultades de Educación. Es divertido ver cuánta emotividad, negativa o positiva, explicitan tras la lectura y qué poca capacidad tienen para explicar el disgusto o el apasionamiento. El primer libro que votó R obtuvo un 8 y la razón fue “porque bien”.

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Vamos despacito con el asunto de la lectura (R ya no tanto; oírle leer es como sentarse al lado de una hoguera), poniendo nuestro granito de arena, sin crear confrontación pero sí cuestionando las cosas.

Leer tiene un precio, sí. Pero un precio que se gana y no que se paga.

Un septiembre complicado: la importacia de la “mano izquierda”

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Comenzamos septiembre con un cuadro complicado:

Mi hijo mediano A, de dos años y medio, comienza a ir a la guardería.

La preciosa O, de tres meses, acaba de llegar, como quien dice, y todavía está revolucionando todo con su presencia.

Y R, de cinco años y medio, tiene un carácter difícil y, sin duda, se le “atraganta” la vuelta a la rutina.

Lo cierto es que no hace falta mucha imaginación para ponernos en su pellejo. A los adultos no se nos está permitido llorar a moco tendido o enfadarnos porque las vacaciones se han acabado, aunque bien nos gustaría poder hacerlo.

En fin. Cada uno lleva el “trauma” a su manera:

A es un libro abierto y expresa muy bien las emociones: llora y dice que “él quiere estar en casa y no en la guarde”.

O lo mira todo con sus grandes ojos oscuros de sabia pequeñita y soporta con paciencia zen largas jornadas sentada en su hamaca.

Y R, ese genio complicado, nos culpa de la “tragedia” de tener que volver a madrugar.

Cada uno comete su “pecado” y parece que a nosotros se nos ha olvidado un poco el “oficio” de padre durante el verano. Después de la primera semana de descontrol (gritos, castigos, etc.) G y yo nos sentamos para apartar nuestras narices del problema. Vista desde fuera la conclusión es evidente. De nada nos ha servido la solución que habíamos puesto en marcha de manera instintiva: esa mano derecha, directa y cerebral, que siempre apunta con su dedo índice a los niños. Es evidente que nuestros hijos lo están pasando “mal” y hay que abordar el problema desde el otro lado: el de la mano izquierda.

En este caso se traduce como “refuerzo positivo”. En casa ya hemos solucionado otras situaciones “difíciles” con el sistema del concurso/carrera, así que nos podemos literalmente manos a la obra y la mañana siguiente los niños descubren pegado en la puerta de su habitación este cartel:carrera

La carrera refuerza los puntos flacos de cada uno en su manera de afrontar el nuevo curso: A necesita una dosis extra de valentía para quedarse en la guardería sin llorar y R debe tratar de reconciliarse con su entorno (nosotros) mediante el cariño y la obediencia.

La carrera tiene 30 casillas y los niños van coloreando una casilla por noche si han cumplido los objetivos del juego y los jueces deportivos (nosotros) no han tenido que “dejarles sin punto” por incumplimiento de las reglas del juego. Cada X casillas los jugadores tendrán una pequeña recompensa (un pequeño muñeco, una comida especial, etc.) y al llegar a la meta conseguirán el gran premio.

Como otras veces, experimentamos que el efecto positivo de este tipo de trucos es INMEDIATO. Sobre todo con R que tiene el carácter más complicado. El lenguaje deportivo, la sensación de estar realizando una hazaña de héroe venciendo los propios instintos, las pequeñas recompensas cada día y la promesa de la gran recompensa final actúan como un bálsamo. Nuestro R se “domestica” enseguida y vuelve a ser el niño obediente y genial de siempre. A también está muy motivado y ayer mismo obtuvo el premio “fenomenal” que da la profe de la guardería al niño que mejor se ha portado cada día.

Todavía queda la mitad de la carrera por recorrer pero el curso ya está encauzado. Aunque es indudable que pronto surgirán otros retos. Esperamos esta vez no olvidarnos de lo importante que es siempre la destreza de la mano izquierda.