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Psicomotricidad en casa: un buen recurso cuando fuera llueve (o no)

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Según esa gran erudita divulgativa que es la Wikipedia “la psicomotricidad es una disciplina que, basándose en una concepción integral del sujeto, se ocupa de la interacción que se establece entre el conocimiento, la emoción, el movimiento y de su mayor validez para el desarrollo de la persona, de su corporeidad, así como de su capacidad para expresarse y relacionarse en el mundo que lo envuelve”.

Hay expertos que relacionan esta disciplina con el desarrollo de facultades tan importantes como la creatividad, la expresión y, obviamente, la movilidad. Teorías sugerentes aparte, es sabido por todos que a los niños les encanta moverse. Es más, necesitan moverse. E incluso muchas veces, si esta necesidad no es satisfecha, interfiere en sus hábitos de sueño.

Por eso, y aunque “año de nieves, año de bienes”, a los padres puede suponernos un inconveniente serio el mal tiempo. Sobre todo si implica tener que “encerrar” a los niños en espacios cerrados durante muchas horas.

En casa utilizamos los “recorridos” como una opción para solventar este problema; aunque otras veces lo hacemos simplemente por placer.  Es cierto que contamos con dos aliados para poder llevar con éxito la empresa: un pasillo muuuy largo y unos vecinos muuuuy comprensivos. Los “recorridos” consisten ni más ni menos que en carreras de obstáculos a los que poco a poco hemos ido añadiendo otras hazañas.

Como siempre en materia infantil no se trata de lo que tienes sino de cómo lo vendas. Los obstáculos, en versión prosaica/adulta, pueden ser un tendedero, una escalera metálica, varias sillas o cualquier otra cosa que ya se tenga fuera de su sitio (seguro que muchas veces también para los adultos las casas se convierten en carreras de obstáculos). Pero para los niños, con su visión mucho más poética de la vida, el tendedero (con una sábana por encima) puede convertirse fácilmente en “el pasillo fantasma” por el que tendrán que atravesar gateando mientras el “fantasma/mamá” trata de atraparlos:

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A entrando en el pasillo fantasma

Las sillas pueden ser nenúfares que hay que pisar para no caer al lago de las pirañas:

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R pisando los nenúfares

Y la escalera metálica la torre del castillo embrujado:

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A bajando de la torre embrujada

La recta final, nuestro interminable pasillo, guarda una última sorpresa: deben encontrar una clave secreta. A escoger un número y R una letra que se les han comunicado al comenzar el recorrido:

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R superando la prueba de las letras

El recorrido concluye cuando la letra o el número correcto es entregado al juez/papá.

Obviamente las posibilidades de esta actividad son infinitas y se adaptan casi a cualquier espacio e imaginación. El cronometrado de la carrera, la variación en cada fase de uno o varios obstáculos, el progresivo aumento en la dificultad de la prueba final (pueden luego tener que formar una palabra con las letras recogidas o una serie con los números), etc. son posibles variantes.

Con esta dinámica a primera vista se practica la psicomotricidad, la creatividad, la movilidad, las matemáticas o la lectoescritura. Pero en una mirada más profunda, y con un poco más de inversión por parte del adulto en la ambientación del juego, podemos introducir conocimientos de historia (trasladando el “escenario” a la Edad Media o al Antiguo Egipto), la literatura (ambientándolo en el País de Nunca Jamás de Peter Pan o en el país de los monstruos de Donde viven los monstruos) o, incluso, el conocimiento del medio (en otros países, ciudades o medios naturales). El juego es un auténtico 1000 x 1.

A la vista de las fotografías está que nuestros hijos se entregan encantados a esta actividad y que en ellas el apredizaje es realmente significativo. Otros beneficios más prosaicos pero también importantes es lo bien que duermen luego.

Y todo eso a pesar de la lluvia o el frío.

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