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Cabras y quesos en Colmenar Viejo

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Hace unas semanas repetimos con los/as chicos/as de Enclave Medioambiente. Esta vez se trataba de, además de hacer en familia una senda por la cañada del Zahurdón, en el entorno natural de Colmenar Viejo, conocer a Rafa y su proyecto de explotación ecológica de cabras: la finca Suerte Ampanera.

Enclave nos citó en el puente medieval de Colmenar y, ya para empezar, tuvimos el gusto de ver cómo han crecido desde que les conocimos. ¡La convocatoria había tenido tanto éxito que tuvieron que desdoblar la visita en dos fines de semana! El paseo hasta Suerte Ampanera, como siempre, estuvo amenizado por la explicaciones de Dani, nuestro guía de Enclave, que con mucha mano izquierda y simpatía nos embaucó tanto a adultos (lo fácil) como a niños (el “más difícil todavía”).  Dani nos retó a encontrar cinco plantas distintas y, así de paso que los niños ejercían de Sherlock naturalistas, aprendimos la flora del entorno.

Pero lo que de verdad hizo entrar a los niños en éxtasis fueron… ¡las cabras! 1500 cabras que, limpias y brillantes, pastaban a sus anchas por la finca. Impagable el momento en que O, de dos años, agarrando la cara de una de las cabras y mirándola tiernamente a los ojos le dijo: “Carita bonita”.

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Mientras Rafa nos contaba a los  visitantes lo que supone transformar una pequeña granja familiar de apenas 50 cabras en un negocio ecológico y rentable de 1500, las cabras pastaban a nuestro alrededor a sus anchas mientras que los pequeños les daban “aperitivos” entusiasmados.

Lo alucinante no fue solo la paciencia, tolerancia e, incluso, cariño con el que trataron y consintieron a los niños: enseñándoles cómo se ordeña a la cabras o dejándoles coger a los cabritillos.   Lo verdaderamente impresionante, lo que reconcilia con el mundo cuando uno se siente de vez en cuando “de vuelta”, es que haya gente por el mundo que todavía trabaja con unos ideales que están por encima del dinero, que piense en una buena manera de ganarse la vida para los de cerca y para el “ahora”, pero igualmente óptima para todos los demás y para el mañana.

IMG_20160313_134334Y para acabar la visita nos dejaron probar sus quesos y yogures… ¡Ummm, qué ricos! Nos quedamos con ganas de más, así que nos llevamos dos quesos, un yogur y 12 huevos a casa.

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Las Herreras: un oasis en la capital

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Las Herreras es una aldea escondida en un valle del lado más occidental de la Comunidad de Madrid. Ubicada en un trocito de tierra madrileña que se aventura en tierras abulenses. Lo curioso es que está más próxima a Navas del Marqués o Peguerinos que a su localidad de referencia madrileña: Santa María de la Alameda. Entre montañas, caballos y vacas nos escapamos la semana pasada esperando el milagro de la nieve.

IMG_20160206_161656Nos acogió La escuela, unas preciosas casitas rurales con unas vistas impresionantes al valle. Después de un primer día tomando contacto con los habitantes de la zona (vacas y caballos) la mañana del domingo nos regaló ¡la primera nevada del año!

IMG_20160207_104603Perfecta para probar el trineo del año pasado e incluso para dar un paseo hasta el río montados en él, oliendo las jaras y el romero a nuestro paso. Y la nieve, es lo que tiene, sirve hasta para ¡practicar la lectoescritura!

IMG_20160207_094819Tras tres horas de intensa relación con la nieve y todas sus posibilidades, nos refugiamos en El Escorial en el restaurante Ronnie’s Family Restaurant (y el apellido “Family” lo lleva con todos los honores, porque incluso cuenta con una amplia zona llena de juguetes para que los niños campen a sus anchas antes y después de la comida). Después, un paseo con los tíos por el bosque de La herrería, por una senda que parte de la silla de Felipe II. El éxito de la excursión51S1VbnS12L._SX333_BO1,204,203,200_ se la debemos, ante todo, al magnífico libro de Javier Zarzuela, Excursiones para niños por la sierra de Madrid. Escrito por un padre, maestro y experto en ecología infantil, que sabe que para que los planes con niños salgan bien hay que dejar poco margen a la sorpresa. Las rutas que plantea están fijadas por edades, marca los tipos de carrito que son aptos para cada una, el tiempo que se tarda en recorrerlas (a paso de niño), las estaciones más idóneas para cada excursión, además de un montón de información sobre la zona y sobre posibles actividades y juegos que hacer con los niños durante el paseo. En resumen, todas las contingencias posibles están cubiertas y a los “excursionistas” solo les queda disfrutar.

En nuestro caso, el paseo por el bosque de La herrería fue un éxito (a pesar del frío).

IMG_20160207_165911Nuestras fierecillas trotaron por los caminos y escalaron las rocas inmersos en sus aventuras.

A la mañana siguiente tocaba volver a la ciudad, pero pudimos permitirnos una parada en el embalse de Valmayor, para disfrutar de otra de las rutas propuestas por Javier Zarzuela. Nos despedimos de nuestra escapada a la naturaleza tirando piedras al embalse mientras que observábamos a las gaviotas. ¿Quién puede pedir más?

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Árboles de Navidad con piñas

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¿Para qué sirve una piña? ¿Para dar piñones…? ¡Sí! Pero para muchas cosas más. Solo hace falta mirarla dos veces para estimular ese pensamiento divergente que a los niños les sale tan natural y que los adultos tenemos un pelín oxidado.

Y es que… ¡Nos gustan las piñas! ¡ Y nos gusta la Navidad! Así que cuando recibimos la noticia de que debíamos hacer con los niños arboles de Navidad para el concurso de la biblioteca del colegio no lo dudamos… ¡abetos con piñas!

Nos chiflan las piñas y, estando al alcance de la mano en cualquier paseo por el campo, están llenas de posibilidades que ya habíamos explotado en otras ocasiones. Pero, para no faltar a la verdad, fueron los niños los que eligieron este modelo precisamente de árbol navideño de entre algunos  que les mostramos (se ve que la simpatía “piñil” viene de familia).

Nos lanzamos a una aventura por el bosque para conseguir piñas, claro, y poder comenzar a fabricar nuestro árbol. Conseguimos algunas, pero por la fecha todavía estaban muy cerradas y algo húmedas por las lluvias de fin del otoño. Pero nada que no pueda solucionarse con un par de días de secado.

Fabricamos nuestra propia mezcla de verde y los niños (¡los tres por fin!) se lanzaron a pintarlas.

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Después del secado de la pintura, las adornamos con unas estrellas de papel dorado y pusimos gotitas de pegamento de purpurina de diferentes colores. Por último las “plantamos” en una maceta pequeña. Y así de bonitas quedaron.

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Después de haber adornado el colegio durante unas semanas, ahora están colocadas en nuestra entrada y dan la bienvenida a nuestros invitados. Una pequeña obra de arte natural y completamente confeccionada por los niños.

Mascotas: una prueba de fuego para hacerse responsables

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Esta es Rolo. La hámster rusa que A y R ganaron en nuestra tradicional carrera/ghymkana de comienzo de curso. Fueron ellos mismos los que eligieron y demandaron que Rolo fuera la meta de todos sus esfuerzos. Nosotros no dudamos un momento en concederles ese deseo. Primero, porque G llevaba toda la vida también deseando una mascota (hay deseos que, por suerte, nunca se extinguen). Segundo, porque R llevaba “adoptando” durante varios meses cualquier animalillo o bichito que le se ponía a tiro evidenciando cada día más que su petición de una mascota era una inclinación verdadera.

Después de muchos ensayos virtuales con una husky siberiana virtual llamada Tara (vivita y coleante solo en el mundo de Nintendogs), los primeros en ser “adoptados” por R fueron unos caracoles cántabros que le salieron al paso durante las vacaciones.

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Brillante, Colorines, Babosín, Calavera, fueron los nombres de los caracoles “domesticados” que nos acompañaron en nuestro viaje veraniego por el Norte. Y digo “acompañaron” porque los caracoles viajaron con nosotros de Cantabria a Asturias, comían con nosotros incluso cuando salíamos a un restaurante, y dormían bien cerquita de su dueño, R. ¿Cómo fue posible? Los niños improvisaron una casa de caracoles con un tapper reciclado; adornaron el ecosistema de los caracoles con frutas de plástico, piedras y palos, y se encargaban de alimentar, humedecer el ambiente y limpiar el tapper días tras día.

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La verdad es que los caracoles parecían estar la mar de bien, porque aguantaron con nosotros hasta la vuelta a Madrid (excepto el favorito, Brillante, que en un despiste clarividente se le olvidó a R encima de la mesa en Asturias). Al llegar a la capital se demostró que el clima de los caracoles era clara y exclusivamente el norteño, porque comenzaron a “espurretear” (no se me ocurre un término más gráfico para explicarlo). Ahí es cuando nos dimos cuenta de que nuestros caminos tenían que separarse y los liberamos en el parque.

Después de los caracoles, R ha demostrado una vocación clara por el cuidado de los animales; cualquiera. Hemos alimentado y cuidado a hormigas (Faldina, RIP) y gusanos (Gusa, RIP), hasta que “la muerte nos ha separado”. Lo que evidencia que el deseo de “mascotas” se puede satisfacer o testar de muy diferentes maneras y sin una inversión de dinero inicial, hasta comprobar que la apetencia del niño es más que un capricho pasajero.

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Y ahora le ha llegado el turno a Rolo: una subida cuantitativa en el escalafón de identidad, tamaño y expresividad (¡es para comérsela!). Los niños la alimentan cada día, limpian la jaula (con ayuda paterna) y, con una falta de escrúpulo más propia de una enfermera en tiempos de guerra, retiran las cacas según van cayendo. G y R le han construido a Rolo un laberinto con botellas de leche y castillos y casitas con los Legos, de manera que cada día se encuentra la jaula con una decoración distinta.

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Simplemente quemando con un mechero las botellas se pueden ir insertando unas con otras. Rolo se mueve a sus anchas en el laberinto, mientras se va encontrando los “premios” que los niños le dejan en cada “habitación”

Rolo, pequeñita y encantadora, les ha desatado un cariño y un instinto de protección innato. Han asumido, como un honor y no como una carga, la responsabilidad de cuidar a ese otro ser más vulnerable y desprotegido que ellos. Es una preciosa lección vital. Aunque no queremos parecer ingenuos; está por ver todavía si el tiempo la vuelve más sólida o si por el contrario la diluye. Pero, sea como fuere, la lección queda ahí. Y eso es más valioso que no haberla vivido.

Agroturismo en Semana Santa: burros, vacas y amapolas

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¡Eres más de campo que las amapolas!

Ese dicho que hace tiempo tenía una matiz marcado y pretendidamente peyorativo es hoy, casi podíamos decir, un piropo. A casi todos los urbanitas nos encantaría desmarcarnos un poco más de la ciudad. Pero no sólo por aquello de respirar un poco de aire fresco o dejar a un lado el ritmo frenético de ciudad. En los pueblos y en el campo se experimenta una filosofía de vida que prioriza aspectos vitales muy relevantes y que, a menudo, pasamos por alto en las grandes ciudades: las personas, los ritmos vitales, el “pararse a pensar”, etc. En los últimos tiempos, como decimos, se está revalorizando de nuevo la vida sencilla de campo. No hay nada nuevo bajo el sol y esta “querencia del campo” ya ocurre marcadamente desde el Renacimiento. La cantó Horacio en su famoso “Beatus ille” que bien podría servirnos de himno a muchos urbanitas de hoy en día:

Dichoso aquél que lejos de los negocios

como la antigua raza de los hombres,
dedica su tiempo a trabajar los campos paternos con sus propios bueyes,
libre de toda deuda,
y no se despierta como los soldados con el toque de diana amenazador,
ni tiene miedo a los ataques del mar,
que evita el foro y los soberbios palacios
de los ciudadanos poderosos.

R en plan

Pues bien, como buenos horacianos que somos hemos pasado las vacaciones en un “refugio” rural, en la brecha del agroturismo: “entendido como una oferta de actividades integradas en fincas agroganaderas, cuyos gestores ofrecen actividades de ocio relacionadas con el mundo tradicional agrícola-ganadero, reforzándolo en su interrelación con el turismo. Puede incluir actividades de carácter gastronómico, basadas en variedades locales que favorezcan la biodiversidad y la soberanía alimentaria. La vertiente más cultural puede llevar a adentrarse en la historia del territorio rural donde se desarrolla y a descubrir los porqués de determinados cultivos o procesos sociales ligados a ellos.

Este concepto de agroturismo se basa en recibir al viajero en las propias fincas, incluso sin la necesidad directa de contar con alojamiento y en unidades productivas en activo, para mostrarles su actividad cotidiana y hacerles partícipes de las experiencias del mundo rural. El turista se integra en un contexto que debe funcionar con o sin él, en ningún caso debe crearse para él. Todo ello implicando a campesinos, población local y actores rurales concienciados en la mejora socioeconómica del entorno, propiciando la diversificación de rentas agrarias a través de un modelo de turismo sostenible en el medio rural” (definición tomada de Fundación Ecoagroturismo, Proyecto Ceres Ecotur).

El entorno elegido fue la sierra madrileña y el encantador pueblito, Garganta de los Montes. Entre Buitrago y Rascafría, Garganta es una joya por sus casitas típicas, su tranquilidad para los paseos y sus áreas recretivas con columpios y mesas y con unas vistas espectaculares.

La “empresa” familiar encargada de acogernos: El Capriolo. Sólo tenemos palabras de agradecimiento para ellos: su hospitalidad, su generosidad y se cercanía han sido una constante durante toda nuestra estancia allí. Y con los niños… ¡han sido estupendos! ¡llenos de detalles y comprensión! Y eso que llevábamos a toda esta prole:

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Las casas estaban fenomenalmente equipadas y llenas de detalles de “DIY” rural: salvamanteles y posavasos de corchos de botella, jabones caseros, butacas de palés, taburetes frabricados a partir de tocones de árboles, etc. Además, también ofrecían, generosamente, un buen trozo de su pared para que los visitantes expresaran su creatividad:

R expresando libremente su arte

R expresando libremente su arte

 Las activiades que hemos podido experimentar durante estos días han permitido que nos sintiéramos más cerca de la vida campestre (aunque, desde luego, todavía muy desde la perspectiva de un urbanita): ¡visita a la ganadería y paseos en burro!

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Hoy volvemos a la rutina de la ciudad: pero un poco más “verdes” , con el corazón más grande (¡y eso se lo debemos a nuestros amigos!), los pulmones más limpios y las ideas más claras… ¡queremos vivir en el campo!

Pintando piñas: decoración natural

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Durante un paseo invernal recogimos unas cuantas piñas con la idea de pintarlas con algún spray metalizado y que pudieran servir como decoración navideña… Pero A., con mucho criterio, prefirió pintarlas con su técnica favorita, ya sabéis, ¡la témpera!

Fue un descubrimiento: las piñas admiten muy bien este tipo de pintura. Basta una pequeña capita para llenarlas de color. Y, además, permite combinaciones muy bonitas de color por su “fisionomía plegada”.

DSCF2706De paso, como siempre, la experiencia directa con elementos de la naturaleza permite que salgan preguntas interesantes al paso: ¿por qué hay huecos entre los “pétalos” de la piña? ¿de dónde salen las piñas? pero… si nosotros las recogimos del suelo…, etc. etc.

Así de bonitas quedaron y ahora las tenemos en la entrada de casa. ¡Es lo que da la bienvenida a nuestro amigos y familiares! ¡Nuestra obra artística natural!

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Agroturismo con niños: un plan redondo

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Hace unas semanas tuvimos la suerte de toparnos con una de las responsables de EnClave, una asociación sin ánimo de lucro  cuya base, según sus propias palabras, “se estructura y organiza en torno al respeto al medio ambiente, la valoración de los recursos que ofrece y el establecimiento de relaciones sostenibles de las personas con el medio. Asimismo, reforzar las redes entre mundo urbano y el rural, se establece como uno de nuestros objetivos fundamentales”. Así es como, más o menos, definen ellos el concepto de “agroturismo”.

Familiarmente cada vez nos vemos más abocados al campo, así que toparnos con los chicos de EnClave nos pareció una señal (uno siempre ve señales cuando quiere verlas…).

Nos apuntamos rápidamente a una de su excursiones: Confitería artesanal en Torrremocha del Jarama. El plan propuesto cumple todos los preceptos de EnClave: conocimiento del entorno rural, los artesanos, los productores y sus experiencias vitales y laborales. Y también el conocimiento del entorno natural con una senda guiada por la zona.

El plan comenzó en el pintoresco polígono Torrearte de Torremocha. Cuando uno oye la palabra “polígono” le vienen a la mente edificios industriales, prefabricados y grises. En resumen, un ambiente desoladora y despersonalizado. Y aquí surge la primera sorpresa del plan: el polígono de Torremocha no lleva como apellido “industrial” sino “artesanal”. Son casitas encantadoras dedicadas al trabajo de diferentes artesanos: un mercado de fruta y verdura ecológica, un restaurador de muebles… Y, entre otros muchos, las confiteras de Canela Enrama que nos esperan con los brazos abiertos y la sartén caliente. Después de contarnos la historia de sus orígenes como cooperativa, nos ponemos manos a la obra. Los niños se calzan los delantales y las redecillas para el pelo y comienzan a amasar los ingredientes de las galletas de mantequilla bajo la atenta mirada de Charo, la cocinera.

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A los niños les cuesta un horror no acabar con la masa de galleta antes de que propiamente se conviertan en galletas, ¡está tan buena! Poco a poco van dándole forma y, mientras ellos trabajan, los mayores degustamos las exquisiteces de Canela Enrama: trufas, tartas, muosses… ¡ummmm!

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Mientras las galletas se enfrían los chicos de EnClave nos llevan a dar una  vuelta por la Colada del Arroyo de San Román, afluente del Jarama, en el entorno natural de las “Calerizas”. Allí entre los puentes de piedra y los viaductos destinados a la canalización del agua, las jaras, tomillos, romeros, el sauco, las pizarras y los arroyuelos, disfrutamos de la naturaleza en estado puro y le sacamos todo su jugo gracias a las explicaciones de nuestros expertos “medioambientólogos”.

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R, comenzó cansado la senda, pero animado por el espíritu aventurero de su último héroe de acción (el hobbit Jorge, el personaje creado ad hoc para el juego de rol con el que G nos ha amenizado las Navidades) acabó llegando el primero.

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¡Tan deprisa iba que le perdíamos de vista! Mientras, O y A se echaban la siesta en sus respectivas mochilas.

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Y para rematar la jornada una comida estupenda en un mesón con todo el grupo en Torremocha.

¡Mil gracias a todos por hacernos pasar este estupendo día! ¡Repetiremos sin dudarlo!

Preparando la Navidad: abetos decorativos con ramas

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Hay dos momentos en que la Navidad es, en el estricto sentido de la palabra, mágica: cuando eres niño (por razones obvias que no puedo mencionar…) y cuando tienes niños. Si en la primera etapa la magia se experimenta como algo intuitivo, atávico, en la segunda renace desde la más absoluta reflexión y experiencia. Porque, sí, señores y señoras: la magia existe. Quizás no es exactamente como nos la venden desde los medios de comunicación o la literatura. Pero la magia de la vida real es más poderosa aún que la de la ficción o los sueños. Todas aquellas cosas que nos “mueven” y no vemos: eso es magia. La sensaciones indescriptibles que causa la naturaleza, la poesía y a la ensoñación a la que predispone la noche, la conexión ancestral y telúrica al observar el nacimiento de un niño… Si todo eso no es magia… ¡que baje Dios y lo vea! (como decía mi abuela).

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Hay ciertos momentos del años propicios para dejar entrar la magia. La Navidad es uno de ellos. ¡Ojalá, estuviéramos los adultos más propicios a experimentar la magia todo el año! Pero nos la “han dado con queso” con eso de que hay que trabajar, ser prosaico y realista, ahorrar tiempo y dinero para invertirlo en… ¿qué? ¡Ay! Los hombres grises de Momo estarían muy orgullosos de nosotros y de nuestra manera de vivir.

Pero vamos a lo que nos interesa ahora, ¡celebrar la Navidad! En realidad, cualquier excusa es buena para celebrar, pero como pasa con la magia la Navidad también predispone a la celebración y hay que aprovecharlo. Nosotros hemos empezado diciembre ya con los preparativos.

A mi hijo mediano A le han pedido en la guarde que lleve algún adorno navideño y hemos echado mano de “enciclopedia de manualidades”. Paseando por el parque el domingo pasado me acordé de unos preciosos abetos fabricados con ramas. Aprovechamos la visita y no llevamos un montón de ramitas a casa. Para decorarlos, en el libro proponían usar botones u otros adornos de madera o plástico. A nosotros se nos encendió la bombillita y cogimos algunos de esos frutos rojos que crecen en los arbustos y que vulgarmente llamamos “tomatitos”. R se lo pasó bomba recolectando los tomatitos en el parque y descubriendo que había de tres colores dintintos: rojos, amarillos y naranjas… Para mí también fue un descubrimiento.

Ya en casa cogimos los tres palos más largos y los atamos con una cuerda fina de cáñamo como podéis ver en la foto de más abajo (una imagen vale más que mil explicaciones…). Después, con cola blanca especial para manera, pegamos el resto de ramitas trasversalmente a estas tres primeras.

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Con esto la estructura del árbol ya está hecha, pero falta la decoración: ¡los tomatitos! Con un poquito de cola blanca en cada huequito que debía ser decorado fuimos pegando los tomatitos. Después los niños pintaron y recortaron una estrella y la pegaron en lo alto del árbol. Y éste fue el resultado final:

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Bonitos, ¿verdad? ¡Y muy, muy naturales!

Si queréis otro modelo de adorno navideño también fabricado con ramas mirad este post de Agora Abierta. ¡Fantástico!

Nuestro árbol del otoño: una lección espontánea de Ciencias Naturales

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Hace un par de semanas salimos al campo para aprovechar los últimos días de buen tiempo. Nos pertrechamos con el equipo de explorador que los Reyes Magos le regalaron a R en las últimas Navidades: bote para observar bichos, lupa y el equivalente infantil de la navaja suiza : ¡la linterna, brújula, silbato, termómetro!

ImagenAparte del atractivo de los bichos que nos salieron al paso, el paisaje llamaba la atención por sí mismo. El suelo estaba cubierto de hojas y la lección de Ciencias Naturales (con su moderno nombre de Conocimiento del Medio) estaba servida.

¿Por qué unos árboles están desnudos y otros no?“, preguntó A. Así de fácil. En un periquete se habían aprendido la noción de “hoja caduca” y “hoja perenne”. Durante el paseo nos dedicamos a recolectar hojas caídas en el suelo de diferentes árboles y, aprovechando la pasión naturalista de G, aprendimos todos sus nombres. Chopo, olmo, alcornoque…

Volvimos a casa con un saco lleno y dispuestos a hacer nuestro propio árbol del otoño. Así que el lunes, después de clase, recorrimos el camino de siempre de vuelta a casa pero desde otra perspectiva: la de los árboles que nos salieron al paso, plátanos de sombra y prunos. Una vez en casa, nos calzamos los babys y ¡nos pusimos a trabajar! En papel continuo pinté a lapiz un árbol desnudo y los niños con témpera repasaron el contono.  ImagenDespués pegamos las hojas recogidas el domingo y las decoramos con pintura libremente (sin ningún apunte de realismo por parte del adulto).

ImagenY ya estaba listo nuestro árbol de otoño. Habíamos cerrado el ciclo. Del suelo al cuarto de la habitación de los niños, las hojas muertas, convertidas en arte, tenían una segunda oportunidad.

[Recordad que todavía tenemos tiempo para votar en los premios Bitácora y darle un poquito más de visibilidad a Creatificando. ¡Mil gracias!]