Archivo de la etiqueta: Música

The Musical Family

Estándar

“¡Parecéis la Kelly Family!”, dijeron nuestros amigos cuando dispuestos con la guitarra, el piano y las maracas comenzábamos a entonar el “Un, dos… Un dos, tres y…”. Y eso que no somos tan melenudos como ellos. ¿Sería entonces por el componente musical? ¡Exacto! G cumplía años y quería celebrarlo a lo grande. No porque fuera una cifra especial (todas lo son) sino porque cada año merece celebrarse de forma única e irrepetible. Ha habido cumpleaños artísticos, cumpleaños con Ghymkanas por todo Madrid, cumpleaños con grabaciones de Lipdub y este año tocaba… ¡tan tatachán! ¡Cumpleaños musical!IMG_20151011_105501

La premisa para los invitados era que debían preparar cualquier tipo de número musical. Solo eso… ¡y ahí es nada! Claro, G cuenta con ventaja, es músico. Pero los demás invitados dejaron el listón muy alto: unos entonaron un rap con una letra inspirada en la vida de G, otros bailaron y cantaron en familia, otros cantaron con música de fondo, y hasta alguno que no pudo venir, mandó su numerito para participar a distancia.

Nosotros, claro, montamos el show en familia: G a la guitarra, R al piano, A y O con las maracas y los coros y yo, como era lo que quedaba, la voz. Escogimos una canción asequible (Por qué por qué de los geniales Petit Pop) y comenzamos a ensayar las semanas de antes. Los niños se entregaron a los ensayos con la misma incansable pasión que derrochan en nuestros cortos de cine. G le puso a R unas marcas en el piano para que supiera qué tecla tocaba cada vez (sorprendente su condición musical, pues lo pilló a la primera, ¿vendrá de familia?), A y O marcaban el ritmo con sus maracas (bueno, O desaparecía de vez en cuando para ver por dónde andaban sus muñecas…) y G y yo alucinábamos de lo bien que salía algo que a priori podría haber sido un desastre. Una vez más, los niños nos sorprenden. No hay más que darles la oportunidad para hacerlo.

Si los ensayos fueron buenos, el directo fue impecable. Al día siguiente lo repetimos ante los abuelos con igual éxito. En conclusión, la música les gusta y que creas en ellos, aún más.

Anuncios

Música y movimiento: un placer que traspasa la carne

Estándar

Sir Simon Rattle, el director de la Orquesta Filarmónica de Berlín, afirma que la música y la danza se materializan en las personas que las practican como “un placer que traspasa la carne”. Con esta expresión tan gráfica pretende explicar la comunión física y espiritual que ha establecido, desde el comienzo de los tiempos, el hombre con el ritmo y los sonidos que le rodean. En el 2004 Rattle llevó a cabo un “experimiento” que ponía aprueba esta afirmación y que se materializó en el documental Rythm Is It! (Esto es ritmo) de Thomas Grube y Enrique Sánchez Lansch. En él el coreógrafo Royston Maldoom preparó, con 250 niños y jóvenes no profesionales de institutos y colegios de todo Berlín, una coreografía de La consagración de la Primavera de Stravinski. Finalmente, fue ejecutada en directo mientras Rattle interpretaba la música con su orquesta. El documental muestra sobre todo la evolución de unos niños, muchos de ellos conflictivos o desmotivados, que se encuentran a sí mismos a través de la danza simplemente porque alguien cree por primera vez en ellos.

“Creo que este chico conseguirá hacer cualquier cosa que se proponga” o  “Una clase danza puede cambiarte la vida”, son algunas de las frases que marcan el carácter de Maldoom y el enfoque de  sus clases.

Imagen

Royston Maldoom dando instrucciones a los bailarines de La consagración de la primavera

“Esto no es un lujo, es una necesidad; la gente lo necesita como el aire que respira y como el agua que bebe”, afirma Simon Rattle. Lo que pasa es que muchos hemos expulsado de nuestras vidas la música y, sobre todo, la danza. Sin embargo, si echamos la vista atrás unos años comprobaremos cómo estaban intergradas orgánicamente en nuestro día a día: los romances, las canciones de trabajo, las nanas, los bailes populares… La gente expresaba sus emociones más básicas a través de estos códigos y es innegable que resultaba más reparador, celebratorio, catártico (e, incluso, barato) que los métodos que utilizamos actualmente con los mismos fines.

Los niños, sin embargo, aún conservan esa tendencia innata al ritmo y a la música. Hasta los bebés más pequeños se arroban ante el sonido de la música y, en los grandes, a menudo ejerce un poder todavía más insólito, el de enmudecerles. Hay, pues, en ellos un impulso imparable, una atracción orgánica al ritmo. Los adultos, liberados de nuestras vergüenzas (¿cómo voy a peder el tiempo en bailar?),  deberíamos propiciar esa tendencia en ellos proporcionándoles los escenarios adecuados.

En nuestro caso, afortunadamente nuestra casa está llena de instrumentos musicales porque G es músico. Los niños de vez en cuando agarran sus armónicas, panderetas, maracas, tambores, etc. y comienzan a experimentar con los sonidos. Sin embargo, la semana pasada A expresó la voluntad de “tocar el piano de papá”. Levanté la tapa y observé. A comenzó a apretar las teclas con soltura (no es la primera vez que “toca” el piano de su padre) y R enseguida se sintió atraído por su “música”.

Imagen

A acercándose al piano

Espontáneamente, cada uno se colocó en un extremo del piano y comenzó a avanzar hacia el otro mientras tocaban las teclas que tenían más cerca.

ImagenImagenImagen

“Soy un lobo”, decía R mientras sus dedos apretaban las teclas más graves. “Soy un bambi”, decía A avanzando por las  agudas. Claro está que, poco a poco, el lobo iba aclarando su garganta (como el de “El lobo y los siete cabritillos”) y la voz del bambi iba ganando prestancia. Hasta que quedaron mágicamente convertidos el uno en el otro. El juego divirtió mucho a los niños y les abrió una multitud de posibilidades. En seguida, quisieron “moverse más” y me pidieron que yo tocase las teclas, “las del bambi y las del lobo”, mientras ellos corrían por el salón imitando los movimientos de uno y otro según sonaban sus “voces” desde el piano. El lobo y el bambi se perseguían, se cazaban, se detenían, jugaban, al ritmo de la música que hacían sus voces. Ya había sucedido. La magia de la música había calado en ellos y les llevó de manera natural del sonido a la danza.

Una consecuencia lógica, por supuesto.