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Juegos tradicionales, de toda y para toda la vida

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Que la mayoría de lo que sucede entre los niños (bueno y malo) en un colegio se cuece en el patio, es de común conocimiento. Es su espacio de libertad donde “ensayan” ser mayores y ponen en práctica los modelos que observan. También es su momento de autonomía, de elegir qué hacer con su tiempo y, a veces, aunque parezca mentira, se encuentran con que no saben qué hacer. El repertorio de juegos que les viene a la cabeza a los chicos (género en el que ahora mismo me muevo con más soltura) está, frecuentemente, limitado a algún deporte (de cuyo nombre no quiero acordarme) y a un repertorio más bien escaso de juegos en grupo tipo el rescate o polis y cacos.

¿Recordáis a qué jugábamos nosotros, los padres de estos niños que ahora con frecuencia se aburren u obsesionan solo con un par de juegos? No voy a jugar la carta de “cualquier tiempo pasado fue mejor” porque es mentira. Pero lo que sí es cierto es que antes sabíamos y practicábamos más juegos. Había fútbol, sí, y había goma y comba, pero también había “un, dos tres, el escondite inglés”, “en la calle 24”, la rayuela, “Antón Pirulero”, las chapas, las canicas, las tabas, “Don Federico”, “En la calle de Alcalá”, La gallinita ciega, La zapatilla por detrás, El milano, Sangre, y un larguísimo etcétera.

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Todos nos sabíamos (aunque cada uno con su versión) las canciones que acompañaban estos juegos. Todos aprendimos nuestros primeros modelos poéticos con ellos, todos transgredimos normas y límites que no podíamos permitirnos en la realidad con sus canciones (una de sus características es romper con lo “políticamente correcto”; y si no que se lo pregunten al gato de la calle 24), todos disfrutamos con la colectividad y el compañerismo que necesitaban esos juegos (pocas veces fomentaban la rivalidad). Y, sin embargo, no hemos sabido (o los tiempos no nos han ayudado) transmitir hasta cuajar toda esa valiosísima tradición en nuestros niños. No importa. No se lleven las manos a la cabeza. ¡Aún estamos a tiempo!

Refresquemos primero en nuestras memorias todo ese caudal de tradición y ayudemos después a las escuelas a transmitirlo y fomentarlo en nuestros niños. Para ello nos pueden ayudar libros como Cada cual atienda su juego de Ana Pelegrín (Madrid: Anaya, 2008).

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Ahí va un resumen de las ideas y juegos que propone Pelegrín. Disfrutemos nosotros mismos con el revival que nos supondrá su lectura y transmitamos este tesoro de tradición a nuestros niños. No solo les otorgará un pasaporte para la diversión con muchas más alternativas de juego, sino que les conectará directamente con su cultura y sus ancestros.

  1. Dichos y juegos de los primeros años
  • Retahílas/dichos para mover las manos: “Cinco lobitos”.
  • Balanceos, galopes en las rodillas: “Aserrín, aserrán…”.
  • Enseñarles a andar, saltar: “Anda, niño, anda / que Dios te lo manda”.
  • De cosquillas, risas: “Por aquí pan. / Por aquí miel. / Por allí / las cosquillitas de San Miguel”.
  • De curar: “Cura sana, / culito de rana, / si no se cura hoy, / se curará mañana”.
  • Conjuros-invocaciones: “Sol, solecito, / caliéntame un poquito…”

2. Juegos, rimas, retahílas

Juegos de acción y motricidad

  • Movilidad inmovilidad: “Al escondite inglés / sin mover las manos ni los pies”.
  • De tiento (a ciegas): “La gallinita ciega”.
  • Saltos: “Desde chiquitita me quedé / algo resentida de este pie…”.
  • Escondite y persecución: “La zapatilla por detrás”.
  • Otros: girar, balanceo entre dos, etc.

Juegos con objetos

  • Piedrecillas, huesos, hilos: “¿Jugamos a las amoras? / Que en el suelo caigan todas”.
  • Canicas, bolos, palos, chapas
  • Pelota, trompo, etc.: “A la una, mi aceituna. / A las dos, mi reloj…”.
  • Otros

Retahílas de sorteo: “En un café / se rifa un pez…”.

Juegos rítmicos

  • Manos/palmas-botando pelotas: “En la calle 24”.
  • Cantarcillos de comba: “Al pasar la barca”
  • Columpio: “Debajo del puente / había un penitente…”.
  • De corro: con movimiento (“Al corro de la patata”), formando pasacalles (“Soy capitán de un barco inglés”), pasillos, arcos (“Por la puerta de Alcalá”), con mímica, escenificados (“Al corro chirimbolo”), etc.
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El juego, instrumento privilegiado de aprendizaje

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Nadie tiene que explicar a un niño cómo se juega. Es algo innato en ellos. Algo que nos pertenece de manera tan inherente como la alimentación o el sueño. Y a pocos se les escapa cuánto aprenden mientras juegan. Ahora bien, mucha gente piensa que ese aprendizaje es tangencial, relativamente irrelevante, definitivamente intrascendente.

No sucede así, en teoría, en Educación. Desde que los postulados constructivistas de Jean Piaget y Lev Vygotski triunfaron por su sentido común en las teorías pedagógicas: el aprendizaje basado en la acción y no en la pasividad, el aprendizaje significativo que parte de los conocimientos previos del niño para ir construyendo sobre elementos motivadores para él y donde el juego es, sin ninguna duda, instrumento privilegiado de aprendizaje. Así lo marca la misma Ley Educativa española en la Orden ECI 3960/2007 por el que se establece el currículo y las enseñas mínimas de Educación Infantil:

“El juego es una conducta universal que niños y niñas manifiestan de forma espontánea. Afecta al desarrollo cognitivo, psicomotor, afectivo y social ya que permite expresar sentimientos, comprender normas, desarrollar la atención, la memoria o la imitación de conductas sociales. A través de los juegos, niñas y niños se aproximan al conocimiento del medio que les rodea, al pensamiento y a las emociones propias y de los demás. Por su carácter motivador, creativo y placentero, la actividad lúdica tiene una importancia clave en Educación infantil. […] En las programaciones de aula, el juego debe ser tratado como objetivo educativo, porque ha de enseñarse a jugar; como contenido, ya que son muchos los aprendizajes vinculados a los juegos que los niños pueden construir; y como recurso metodológico porque a través del juego se pueden realizar aprendizajes referidos a las diversas áreas de conocimiento y experiencia. Por tanto, en Educación infantil se debería dotar de carácter lúdico a las distintas actividades que en ella se realicen, evitando la falsa dicotomía entre juego y trabajo, así como potenciar los juegos infantiles, reservando para ellos tiempos, espacios y recursos. De esa forma se rentabilizará pedagógicamente su potencialidad. En definitiva, el juego debería ser una actividad central en esta etapa educativa porque constituye un elemento privilegiado capaz de integrar diversas situaciones, vivencias, conocimientos o actividades. Por ello, como se ha indicado, no debe entenderse en oposición al trabajo escolar,sino como un instrumento privilegiado de aprendizaje.”

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Esperamos que “el peso de la ley (educativa)” caiga sobre aquellos que todavía proscriben el juego y lo conciben como “una pérdida de tiempo”. Sin embargo, ya sabemos que en seguida se argumentará en nuestra contra que todo esto solo atañe a la etapa de Infantil. Nos guardábamos un as en la manga. También en la temible LOMCE se menciona el juego como estrategia de aprendizaje en Primaria:

“El juego es un recurso imprescindible en esta etapa como situación de aprendizaje, acordes con las intenciones educativas, y como herramienta didáctica por su carácter motivador. Las propuestas didácticas deben incorporar la reflexión y análisis de lo que acontece y la creación de estrategias para facilitar la transferencia de conocimientos de otras situaciones”.

Tal vez la reflexión no es tan inspiradora como la que hemos recogido de la etapa de Infantil, pero, en la teoría, se sigue postulando la intervención educativa a través del juego también en Primaria.

Y si la ley no es suficiente (que no lo suele ser, ni para propios ni para extraños) también está ahí la práctica de los más valientes para demostrar que, en todas las etapas educativas, el juego sigue y seguirá siendo instrumento privilegiado de aprendizaje, por su eficacia, su atractivo y la durabilidad de los contenidos adquiridos gracias a él. Aquí tenéis los métodos de César Bona (el único maestro español que fue nominado este año a los Teacher Global Prize -los Nobel de la Educación) para demostrarlo.

Como siempre el dislate entre la práctica y la teoría, las exigencias de las inspecciones educativas y ministeriales, la presión de la rancias creencias muy extendidas de que la “letra con sangre entra”, provocan que solo los más valientes y divergentes se atrevan a aplicar  estos métodos. Y cuando lo hacen suelen lloverles las críticas porque, en general, tenemos poca paciencia para esperar a que lleguen los resultados. Pero cada vez son más; y estoy segura de que pronto convencerán a los que todavía se sienten reacios a creer en los “poderes” del juego, a los incrédulos que llaman,  con cierto desprecio, “idealistas” a los que apuestan por otros métodos. Estos “otros métodos” implican mucho trabajo y mucha creatividad por parte de los maestros y profesores que los aplican. Deberían ganarse inmediatamente nuestro respeto y no nuestro recelo. Nunca deberíamos despreciar a los “idealistas”. Y es que las realidades se construyen primero soñándolas. Sin sueños no hay realidad que valga.

Halloween: truco o trato en familia

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Ya hemos contado otras veces que somos de los simpatizantes de la fiesta de Halloween. Es un invento americano, sí; pero a veces los americanos tienen razón.

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Nuestra calabaza de este año

Desde luego es una ocasión fantástica para disfrazarse, jugar y, sobre todo, reírnos de nuestros miedos. Eso es lo que hicimos ayer en casa. Comenzamos con los preparativos durante la semana: R quería ir de Frankenstein (está muy impresionado por la historia de Mary Shelley, ¡nos ha salido un intelectual!). Así que nos pusimos manos a la obra con el disfraz casero de Frankie: DSCF4432Basta una caja (en nuestro caso de Panettone) pintada de verde, a la que le pegas las cejas (de goma eva), el pelo (retales de tela vieja), sin olvidarnos de los tornillos (dos parte superiores de botella de agua mineral de medio libro pintados de plateado). Y, voilá, ya tenemos nuestro casco/cabeza de Frankenstein:

DSCF4438A quería ir de esqueleto… ¡es una suerte que hace 4 años R también decidiera ir de esqueleto! En esto ya teníamos el trabajo hecho: simplemente una camiseta negra con el torso de huesos pintados y maquillaje:

huesitosO tuvo que conformarse con que eligiéramos el disfraz por ella: fantasma. Muy sencillo también con un body pintado:

DSCF4434Y un tutú. El disfraz es muy simple y el resultado depende de la “percha”. Pero a O le sobra gracia… ¡juzgad vosotros mismos!

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 Y una vez disfrazados… ¡a jugar! Llegaron todos los amiguitos y sus papás y mamás y, como es costumbre ¡jugamos en familia!

La mejor prueba: el encantamiento “ridiculus” inspirado por Harry Potter y el prisionero de Azcaban.

Todos los presentes escribieron en un papel su mayor miedo. Después pensaba en secreto una manera de transformar con humor ese miedo. A continuación uno de los asistentes cogía uno de los papeles y debía interpretar ese miedo gestualmente: un lobo, la muerte, arañas, etc. Cuando el “dueño” del miedo lo reconocía debía gritar “Ridiculus” y la manera de ridiculizarlo: un lobo con tos, la muerte bailando claqué, arañas atrapadas en barro… El actor debía interpretar esa transformación y lo que había comenzado con miedo acababa con risa.

Y esto solo fue el comienzo: probar la salsa del diablo (picantísima) sin pestañear, hacer el truco o trato por el edificio, buscar el tesoro escondido en la casa por los lugares más temibles (debajo de la cama, dentro del armario, etc.). Jugamos, comimos y creo que todos nos divertimos. ¡Adiós miedos! ¡Hola Halloween!

Jugar a SUS juegos: juego simbólico

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A juzgar por las entradas de este blog podría dar la sensación de que nuestros hijos siempre están bailándonos el agua a los mayores en lo que a juegos respecta. ¡Nada más cercano a la realidad! Es cierto que en muchos momentos se avienen a las “excentricidades” del adulto, pero en la mayoría de los casos es más bien al revés: son ellos los que se acercan a ti para proponerte participar en SUS juegos. Que el adulto diga “sí” en ese momento tiene una importancia muy relevante para fraguar la relación con los niños. No puede hacerse siempre (lamentablemente muchas veces no es una cuestión de deseo sino de imposibilidad temporal) pero todos sabemos que hay que intentar estar lo más disponible posible en estas situaciones.

Situaciones que son,  desde luego, un reto. La capacidad imaginativa de un niño es tan grande que jugar a, por ejemplo, realizar “aventuras” con ellos puede ser realmente agotador para un adulto cuando le toca ser el “ideólogo” de la aventura en cuestión.

Cuando decimos juegos de “aventuras”, tan frecuentes entre los 3 y los 7 años, nos estamos refiriendo a una de las vertientes principales del llamado juego simbólico. Es el juego de “hacer como si” y tiene muchas dimensiones. Esta terminología se utiliza sobre todo para las actividades en las aulas de infantil donde los niños interaccionan con una serie de objetos (maletines de médicos, planchas, comiditas, disfraces, etc.) mientras “fingen” ser, comportarse y hablar como adultos bajo la atenta mirada de los maestros. Como dice el profesor I. Ceballos:

“Sus características y beneficios para el desarrollo de lo que Vygotski llamaba las funciones psicológicas superiores, están bien estudiados: permite el ensayo de situaciones reales sin que las equivocaciones se penalicen, y estimula la imaginación y la creatividad al hacer necesario actuar en una situación imaginaria, mental y no visible. El juego simbólico es, en cierta medida, el medio propio de expresión de los niños (así como los adultos utilizamos una suerte de lenguaje interior); la evocación mental de un suceso no le basta a un niño, y necesita revivir físicamente esa experiencia para asimilarla, de forma análoga a como a veces le encontramos embebido musitando unas palabras que acaba de decir u oír.”

Sin embargo, lo que mucha gente no sabe es que el juego simbólico tiene otras proyecciones:

el juego personal, cuando los niños juegan a encarnar al protagonista de un juego imaginario (superhéroe, detective, princesa, exploradora, etc.) y el juego proyectado que es cuando, a través de muñecos que mueven y a los que les ponen voz, elaboran complejas aventuras.

A en pleno juego simbólico proyectado con sus dinosaurios

A en pleno juego simbólico proyectado con sus dinosaurios

Así que, cuando los niños están jugando a aventuras (ya sea encarnando ellos mismos a los protagonistas o a través de sus muñecos), están inmersos en un proceso creativo tan inmenso y beneficioso para su creatividad que más nos vale no defraudar sus espectativas cuando nos piden que participemos en él. Ahora bien, como hemos dicho, para el adulto estar a la altura de las circunstancias muchas veces es harto difícil.

Hace un par de veranos R estaba completamente fascinado por el mundo del juego simbólico proyectado. Aunque claro… él no lo llamaba por ese nombre tan alambicado y adulto. Vamos que su principal entretenemiento era elaborar aventuras con sus playmobil. Los adultos temblábamos cada vez que pedía nuestra participación porque, como digo, era muy difícil estar a la altura de sus invenciones: demandaba argumentos distintos, con personajes distintos y en distintos escenarios. Tal y como él hacía cuando era el “autor” de la aventura. Era oír, “Venga, ahora inventa tú la aventura” y echarse a temblar.

En plena aventura de superhéroes

En plena aventura de superhéroes

A G, sin embargo, un día se le ocurrió utilizar el argumento de la Guerra de Troya para jugar con R. ¡Se quedó fascinado! Pero al día siguiente quería otra. Y, ¡no!, habíamos subido el nivel con la complejidad y la riqueza de la historia clásica, así que ahora había que trabajárselo más aún. Al día siguiente vivimos el asedio de Numancia (Cervantes…), otro día fue el descubrimiento de América, la llegada a la Luna, el Apollo 13, etc., etc.

Ni que decir tiene que todas estas aventuras le encantaron a R. ¡Pero os podéis imaginar que a nosotros se nos agotaron los argumentos para sus aventuras antes de que a él se le agotaran las ganas de “vivirlas”!

A pesar del esfuerzo, a pesar de la falta de tiempo… ¡es tan importante jugar a sus juegos! ¡Hay que sacar el tiempo de donde sea! Es un tiempo invertido que a cambio dará preciosos frutos en nuestros recuerdos y en sus mentes.

Halloween: jugando en familia

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A los niños les encanta jugar. A los adultos también pero parece que está mal visto admitirlo en público. Sin embargo, una de las grandes ventajas que tiene la paternidad/maternidad es que te puedes permitir volver a jugar sin sentir ninguna vergüenza. Además, nuestros hijos disfrutan más todavía de los juegos cuando ven que estamos metidos en ellos de lleno y no solo “jugando con ellos”. Por eso hay que aprovechar todas las ocasiones posibles para jugar. Es liberador, casi diría terapéutico.

Halloween es una fiesta fantástica. Más allá del sentido estricto de la palabra (por lo monstruoso) permite a los niños enfrentarse a sus miedos de una manera divertida. Por ejemplo, A, está fascinado por los zombies de los que le habla su hermano R (no hay más que recordar que eligió como personaje para su marioneta un zombie). Sin embargo, cuando nos llama por la noche porque tiene miedo también es un zombie lo que le está acechando. Seguramente, también por eso eligió vestirse de zombie este Halloween. Verse a él mismo transformado en uno zombie chiquitito (sólo imaginándolo resulta ya cómico) y ver cómo su propio papá iba también cambiando de aspecto poco a poco mientras se ponía el disfraz hace que el aspecto tenebroso se diluya y aflore lo más tierno o cómico.

R  está ahora enfrascado en la lectura de El pequeño Vampiro, así que él y yo elegimos ir de chupasangres. Aprovechando las redondeces de nuestra pequeña O, ¡la vestimos de calabaza!

Invitamos a la fiesta a un par de amigos del cole de R y a sus padres y hermanos. Gracias a ellos pudimos incorporar a la galería de celebridades monstruosas a una familia de brujos, un esqueleto y, ¡hasta un Darth Vader!

Reunidos todos y con la tripa bien llena de galletas de gorros de bruja, bizcocho de calabaza con sorpresa de fantasma y demás chucherías “halloweenescas” nos lanzamos las tres familias a jugar.

La primera prueba consistió en “copiar un monstruo”. La dificultad nacía de que el dibujante no tenía al “modelo” delante sino que tenía que generar su dibujo a través de la descripción que le hacía otro. Primero los papás fueron los dibujantes y los niños describieron al monstruo; después intercambiamos los papeles.

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Los niños dejaron el listón bien alto en cuanto a “descriptores”. Aquí tenéis el original y el dibujo ganador.

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Los niños ejercieron después de dibujantes con idénticos resultados.

Pasamos entonces a la segunda prueba: armar a Paco, nuestro esqueleto. Muy apropiado para Halloween. Las reglas: los padres guían pero sólo los niños tocan las piezas, y gana la familia “Monster” que antes termine el esqueleto.

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Por último, nos acompañaron nuestro dados para contar historias. Aunque hoy los cuentos tenían que ser… ¡escalofriantes!

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Lo pasamos como niños…  y nuestros hijos también.

¡Gracias a U y A, R y E y a sus fantásticos hijos por participar!