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Taller de velas y jabones artesanales con Espacio inquietudes

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Hace un par de meses localizamos en internet una de esas actividades que nos permiten conciliar todos nuestros intereses… ¡una experiencia para hacer en familia! Se trataba de un taller de velas y jabones artesanales donde ningún producto era tóxico y, por lo tanto, cualquier niño podía trabajar manipulándolo. No lo dudamos un momento, ¡nos apuntamos! Por el momento no abundan las experiencias “aptas” para todos los públicos, en las que podamos participar junto a nuestros niños, sin tener que permanecer al margen como meros espectadores. Creemos que este tipo de experiencias en familia son muy enriquecedoras. Adoptamos la misma posición que nuestros hijos; todos somos en ellas aprendices, todos disfrutamos y colaboramos como “iguales”; jugamos juntos a aprender. Es una preciosa lección, muy oxigenante tanto para niños como para padres que, creemos, que deberían abundar más. En este caso, además, se trataba de una práctica de artesanía y autosuficiencia, ¡lo cual nos encanta aún más!

Le debemos el buen rato a Espacio inquietudes, una escuela de cultura ecológica que imparte cursos basados en la agroecología, la artesanía y la creatividad. Está ubicada en el precioso pueblo de Lozoya, en la Sierra Norte de Madrid.

Allá que fuimos. Los jabones se elaboraban con glicerina (que elimina la intromisión en el proceso de la sosa cáustica, con la que habitualmente se fabrica el jabón pero que es muy tóxica), esencias (café, lavanda, romero, etc.) y otros elementos naturales (cacao, avena, flores de lavanda secas). Un despliegue para los sentidos. Todos disfrutamos eligiendo la composición de nuestro jabón y los más valientes, bajo la supervisión de los adultos, derritieron la glicerina para poder incorporarla a la mezcla. jabones-1Luego en unos simpáticos moldes con forma de insectos vertimos nuestras mezclas. Y mientras esperábamos que se enfriaran nos pusimos manos a la obra con las velas.

jabones-2Las velas, supusieron un proceso similar. Esta vez, había que fundir parafina, seleccionar también nuestros colorantes y esencias y verterlos en sus moldes. Para darnos la bienvenida y mientras que esperábamos que se enfriaran las velas y poder así ponerles la mecha, Emilio nos regaló unas simpáticas canciones (La canción de los bichos o La canción del jabón) para amenizar la espera.

IMG_20170205_124531.jpgAsí de bonitos quedaron nuestros jabones y velas. Es una gozada lavarse las manos con estos jabones tan bonitos y olorosos porque, además, ¡los hemos hecho nosotros mismos!

¡Bravo por Espacio Inquietudes que nos enseñó a hacerlos con mucho amor y paciencia y nos hizo pasar este maravilloso rato en familia!

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La sal (de colores) de la vida

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Hace unas semanas estuvimos de zafarrancho de limpieza y G se encontró una preciosa botella en algún recóndito rincón de la casa que llevábamos años sin mirar. Sea como fuere la botella le inspiró tanto como para acordarse de esa manualidad típica que todos hemos hecho alguna vez en el cole: la sal de colores. Yo tenía preciosos recuerdos de mi infancia de esa actividad, pero lo cierto es que no recordaba cómo demonios se podía colorear la sal. Esto en la era preinternet nos habría llevado directamente a la biblioteca a un libro de manualidades; ahora todo es más rápido, para bien y para mal, y Google te saca de dudas en un momento. ¡La cosa es tan sencilla como pintar la sal con tizas de colores! También se puede hacer con colorante alimenticio, y quedan colores más brillantes, pero la mancha también es mayor…

Así pues, nos pusimos manos a la obra y la verdad es que es verdaderamente relajante frotar la tiza contra la sal (y escuchar el “ras”, “ras”, “ras”).

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Se puede hacer encima de un periódico, simplemente, pero a los peques les ayudaba mantener la sal dentro de los bordes de un plato de plástico. Cada cual pintaba del color que más le apetecía; seguro que si hubiéramos seguido algún patrón habría quedado algo más homogéneo o figurativo (las dunas de una playa, montañas, etc.) pero con la anarquía y la intuición también conseguimos un bonito resultado final:

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Además, nos dio para contar mientras tanto ese cuento tradicional hispánico que viene tan al pelo y que habla de la importancia de las cosas pequeñas: El rey sin sal.

Taller de habilidades socioemocionales

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Desde hace unos meses las familias de la clase de R (8 años) venimos comentando que los niños se nos están haciendo “mayores”. Entre otras cosas porque “de pronto” son muy conscientes de cuándo los demás invaden su espacio personal y les causan algún daño con algún comentario o conducta que no son de su agrado. Esto es una evolución evidente en su percepción del mundo y en su interacción con él. Notan que algo les agrede y quieren reaccionar ante ello. Antes, estas situaciones eran muy minoritarias; para ello ayuda también la poca memoria que tenemos en los primeros años de nuestra vida para generar rencor o resentimiento, inseguridades adquiridas, etc.

Ahora, sin embargo, este “me han hecho/me han dicho” está de actualidad. Aunque frecuentemente a nosotros, sus padres, nos llegan estos pequeños (y a veces no tan pequeños) malestares porque no han sabido manejar la situación in situ. Síntoma de que, obviamente, estamos en mitad del camino y no en la meta.

Por otro lado, la posición de víctima es solo la mitad del fenómeno. En el otro lado está el “agresor”; un agresor involuntario en gran parte de los casos que, bien por falta de empatía, bien porque no capta el grado de sensibilidad del otro, ni siquiera sabe que está infringiendo un daño. En otros tantos casos, sí comienzan a ser conscientes y es una manera de medir límites y de gestionar liderazgos. Desde luego,también maduran nuestros niños durante la prueba de los límites de la crueldad. Todos lo hemos hecho así,  tanteando. Según nuestros caracteres, nos ha tocado a veces ser un poco más víctima y otras veces un tanto más verdugo. Y en la mayoría de los casos no ha llegado la sangre al río.

Sin embargo, hoy muchos tenemos la idea de que la Educación debe abarcar mucho más que las materias instrumentales (lengua, mates, cono, inglés…). Hay mucho que aprender sobre cómo gestionar nuestras emociones, la empatía, la inteligencia intra e interpersonales y las habilidades socioemocionales y esos aprendizajes pueden mejorar exponencialmente nuestra calidad de vida y la de los que nos rodean. En otros países  ya se están llevando a cabo programas de prevención, por ejemplo, del acoso precisamente con el entrenamiento en estas habilidades de identificar los sentimientos en los demás y obrar en consecuencia a través del fomento de la empatía. El programa finlandés Kiva es un buen ejemplo.

Así pues, propuse a la maestra de la clase de R que me prestara alguna de sus horas para poner un taller de habilidades socioemocionales en marcha con los niños. Aceptó y hay que reconocer por escrito su infinita generosidad y su auténtica vocación por la enseñanza y sus niños. Cederme esas horas es para empezar un acto de confianza en mis posibilidades, y supone que comprende, como tantos, la importancia de la Educación en estas materias. Pero en su caso es especialmente valioso el gesto porque su cesión le acarreará de hecho algunos problemas con su apretada programación. Mi más sincero gracias.

Hace un par de semanas tuvimos nuestra primera sesión. Los niños habían sido avisados de mi visita pero no sabían exactamente qué venía a hacer. Prácticamente todos los años vamos a contarles cuentos (hay que aprovechar el oficio para los nuestros), así que supongo que se sorprendieron cuando entraron en su aula tras el recreo y escucharon que sonaba música y que sobre sus pupitres había corazones de cartulina. IMG_20160217_113917

Nada más entrar muchos ya se colgaron el corazón. Buen pálpito. Les conté que mi visita esta vez era diferente. Que me mandaba el CEIYE (Centro Español de Inteligencia y Espionaje) porque teníamos una misión: muchos adultos no habían aprendido a “comportarse” de niños y ahora solucionaban sus problemas creando guerras o, incluso, se olvidaban de reciclar (impagable la cara que pusieron cuando mencioné esto segundo, ¡no daban crédito!). “Vosotros ahora sois niños”, les dije, “pero dentro de 20 años seréis los futuros presidentes de gobierno, profesores, médicos, enfermeros, cuidadores, panaderos, publicistas, abogados (cada uno iba añadiendo su pretendida profesión futura…) y para entonces vosotros tendréis que resolver algunos problemas que habrán dejado los adultos de hoy por no gestionar bien algunas cosas”.

La llamada de atención a su futura responsabilidad les puso tiesos en las sillas (es increíble las ganas que tienen de comerse el mundo y lo bien que aceptan los cabos que se les tiran). Pasamos a “un ejemplo” concreto para que comprendieran mejor su misión. Ahora sí les conté un cuento: Oliver Button es un nena de Tomie de Paola.

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Una magnífica historia sobre el valor de la diversidad y cómo a veces nos empeñamos en ver defectos donde podemos ver virtudes. La historia me interesaba también porque en ella pueden verse diferentes actitudes ante las injusticias que cometemos sobre los demás. Desde la más pura y cruel acción,  pasando por la simple connivencia (a veces tan perniciosa o más que la acción) hasta la empatía y la oposición a la injusticia.

Cuando acabamos reflexionamos todos juntos sobre la historia. Todos tenían muchas ganas de hablar sobre lo injusto que es meterse con alguien por ser diferente, sobre la diferencia como algo inherente de cada una de nuestras personalidades, sobre la riqueza de esa diferencia. El éxito total de intervenciones sobrevino cuando les pregunté si alguna vez se habían sentido como Oliver, si alguien les había dicho o hecho algo que les hubiera causado malestar. A todos, sin excepción les había pasado, y todos manifestaron haberse sentido fatal. El doble salto mortal supuso preguntarles si ellos alguna vez habían dicho o hecho algo que hubiera herido a alguien. Ahí costó entrar. Hacer examen de conciencia es dificilísimo sobre todo porque hacer daño a otro se olvida al minuto, pero cuando nos lo hacen a nosotros, y a estas edades, nos lo guardamos muy dentro. Sin embargo, algunos valientes empezaron a “confesar” (situaciones que por otro lado eran de lo más inocente) y así se creó un clima de que “la cosa se había hecho pero no se iba a volver a hacer porque ahora sabíamos lo que duele”.  Y si volvían a pasar, ahora todos sabían que debían defender a aquel que estaba sufriendo y no cruzarse de brazos o darle la razón “al abusón”.

Huelga decir que los niños (y yo) hubiéramos necesitado mucho más de tres cuartos de hora para llegar al fondo de la cuestión, pero como primera tentativa lo consideré un éxito.

Ahora que ya sabíamos cómo debíamos comportarnos con los demás, debíamos darnos cuenta también de que, para estar bien con los demás teníamos que estar bien primero con nosotros mismos. Para ello comenzamos dándonos un súper autoabrazo y, de paso, decirnos unas cuantas cosas bonitas. Después, cada uno escribió su nombre en mayúsculas en su corazón de cartulina y enseguida lo pasó por la clase para que los compañeros pudieran escribirle en él alguna de sus virtudes. Claramente esta parte fue la que más disfrutaron. Todos querían escribir en el corazón de todos y cuando acabamos cada uno portaba su pedazo de cartulina en las manos como un auténtico tesoro. Y lo era. Ahora tenían por escrito un montón de palabras que les llenarían de buena energía en los buenos y malos momentos. Ahora sabían que todos sus compañeros (algunos, buenos amigos; otros, tal vez no tanto) les valoraban y les consideraban únicos por algo.

IMG_20160217_123013El clima estaba creado: salieron del aula y muchos seguían lanzándose piropos… Pero como todos los aprendizajes con un día no basta. Si ha tenido su valor ha sido por ser una experiencia en grupo, con los compañeros con los que comparten cada día su tiempo. Esperamos, por eso, que ayude a fortificar las enseñanzas individualizadas que todos los padres les inculcamos desde casa. Y que estos niños nuestros sean más inteligentes que sus predecesores y no caigan en nuestros errores.

Juegos tradicionales, de toda y para toda la vida

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Que la mayoría de lo que sucede entre los niños (bueno y malo) en un colegio se cuece en el patio, es de común conocimiento. Es su espacio de libertad donde “ensayan” ser mayores y ponen en práctica los modelos que observan. También es su momento de autonomía, de elegir qué hacer con su tiempo y, a veces, aunque parezca mentira, se encuentran con que no saben qué hacer. El repertorio de juegos que les viene a la cabeza a los chicos (género en el que ahora mismo me muevo con más soltura) está, frecuentemente, limitado a algún deporte (de cuyo nombre no quiero acordarme) y a un repertorio más bien escaso de juegos en grupo tipo el rescate o polis y cacos.

¿Recordáis a qué jugábamos nosotros, los padres de estos niños que ahora con frecuencia se aburren u obsesionan solo con un par de juegos? No voy a jugar la carta de “cualquier tiempo pasado fue mejor” porque es mentira. Pero lo que sí es cierto es que antes sabíamos y practicábamos más juegos. Había fútbol, sí, y había goma y comba, pero también había “un, dos tres, el escondite inglés”, “en la calle 24”, la rayuela, “Antón Pirulero”, las chapas, las canicas, las tabas, “Don Federico”, “En la calle de Alcalá”, La gallinita ciega, La zapatilla por detrás, El milano, Sangre, y un larguísimo etcétera.

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Todos nos sabíamos (aunque cada uno con su versión) las canciones que acompañaban estos juegos. Todos aprendimos nuestros primeros modelos poéticos con ellos, todos transgredimos normas y límites que no podíamos permitirnos en la realidad con sus canciones (una de sus características es romper con lo “políticamente correcto”; y si no que se lo pregunten al gato de la calle 24), todos disfrutamos con la colectividad y el compañerismo que necesitaban esos juegos (pocas veces fomentaban la rivalidad). Y, sin embargo, no hemos sabido (o los tiempos no nos han ayudado) transmitir hasta cuajar toda esa valiosísima tradición en nuestros niños. No importa. No se lleven las manos a la cabeza. ¡Aún estamos a tiempo!

Refresquemos primero en nuestras memorias todo ese caudal de tradición y ayudemos después a las escuelas a transmitirlo y fomentarlo en nuestros niños. Para ello nos pueden ayudar libros como Cada cual atienda su juego de Ana Pelegrín (Madrid: Anaya, 2008).

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Ahí va un resumen de las ideas y juegos que propone Pelegrín. Disfrutemos nosotros mismos con el revival que nos supondrá su lectura y transmitamos este tesoro de tradición a nuestros niños. No solo les otorgará un pasaporte para la diversión con muchas más alternativas de juego, sino que les conectará directamente con su cultura y sus ancestros.

  1. Dichos y juegos de los primeros años
  • Retahílas/dichos para mover las manos: “Cinco lobitos”.
  • Balanceos, galopes en las rodillas: “Aserrín, aserrán…”.
  • Enseñarles a andar, saltar: “Anda, niño, anda / que Dios te lo manda”.
  • De cosquillas, risas: “Por aquí pan. / Por aquí miel. / Por allí / las cosquillitas de San Miguel”.
  • De curar: “Cura sana, / culito de rana, / si no se cura hoy, / se curará mañana”.
  • Conjuros-invocaciones: “Sol, solecito, / caliéntame un poquito…”

2. Juegos, rimas, retahílas

Juegos de acción y motricidad

  • Movilidad inmovilidad: “Al escondite inglés / sin mover las manos ni los pies”.
  • De tiento (a ciegas): “La gallinita ciega”.
  • Saltos: “Desde chiquitita me quedé / algo resentida de este pie…”.
  • Escondite y persecución: “La zapatilla por detrás”.
  • Otros: girar, balanceo entre dos, etc.

Juegos con objetos

  • Piedrecillas, huesos, hilos: “¿Jugamos a las amoras? / Que en el suelo caigan todas”.
  • Canicas, bolos, palos, chapas
  • Pelota, trompo, etc.: “A la una, mi aceituna. / A las dos, mi reloj…”.
  • Otros

Retahílas de sorteo: “En un café / se rifa un pez…”.

Juegos rítmicos

  • Manos/palmas-botando pelotas: “En la calle 24”.
  • Cantarcillos de comba: “Al pasar la barca”
  • Columpio: “Debajo del puente / había un penitente…”.
  • De corro: con movimiento (“Al corro de la patata”), formando pasacalles (“Soy capitán de un barco inglés”), pasillos, arcos (“Por la puerta de Alcalá”), con mímica, escenificados (“Al corro chirimbolo”), etc.