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Taller de habilidades socioemocionales

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Desde hace unos meses las familias de la clase de R (8 años) venimos comentando que los niños se nos están haciendo “mayores”. Entre otras cosas porque “de pronto” son muy conscientes de cuándo los demás invaden su espacio personal y les causan algún daño con algún comentario o conducta que no son de su agrado. Esto es una evolución evidente en su percepción del mundo y en su interacción con él. Notan que algo les agrede y quieren reaccionar ante ello. Antes, estas situaciones eran muy minoritarias; para ello ayuda también la poca memoria que tenemos en los primeros años de nuestra vida para generar rencor o resentimiento, inseguridades adquiridas, etc.

Ahora, sin embargo, este “me han hecho/me han dicho” está de actualidad. Aunque frecuentemente a nosotros, sus padres, nos llegan estos pequeños (y a veces no tan pequeños) malestares porque no han sabido manejar la situación in situ. Síntoma de que, obviamente, estamos en mitad del camino y no en la meta.

Por otro lado, la posición de víctima es solo la mitad del fenómeno. En el otro lado está el “agresor”; un agresor involuntario en gran parte de los casos que, bien por falta de empatía, bien porque no capta el grado de sensibilidad del otro, ni siquiera sabe que está infringiendo un daño. En otros tantos casos, sí comienzan a ser conscientes y es una manera de medir límites y de gestionar liderazgos. Desde luego,también maduran nuestros niños durante la prueba de los límites de la crueldad. Todos lo hemos hecho así,  tanteando. Según nuestros caracteres, nos ha tocado a veces ser un poco más víctima y otras veces un tanto más verdugo. Y en la mayoría de los casos no ha llegado la sangre al río.

Sin embargo, hoy muchos tenemos la idea de que la Educación debe abarcar mucho más que las materias instrumentales (lengua, mates, cono, inglés…). Hay mucho que aprender sobre cómo gestionar nuestras emociones, la empatía, la inteligencia intra e interpersonales y las habilidades socioemocionales y esos aprendizajes pueden mejorar exponencialmente nuestra calidad de vida y la de los que nos rodean. En otros países  ya se están llevando a cabo programas de prevención, por ejemplo, del acoso precisamente con el entrenamiento en estas habilidades de identificar los sentimientos en los demás y obrar en consecuencia a través del fomento de la empatía. El programa finlandés Kiva es un buen ejemplo.

Así pues, propuse a la maestra de la clase de R que me prestara alguna de sus horas para poner un taller de habilidades socioemocionales en marcha con los niños. Aceptó y hay que reconocer por escrito su infinita generosidad y su auténtica vocación por la enseñanza y sus niños. Cederme esas horas es para empezar un acto de confianza en mis posibilidades, y supone que comprende, como tantos, la importancia de la Educación en estas materias. Pero en su caso es especialmente valioso el gesto porque su cesión le acarreará de hecho algunos problemas con su apretada programación. Mi más sincero gracias.

Hace un par de semanas tuvimos nuestra primera sesión. Los niños habían sido avisados de mi visita pero no sabían exactamente qué venía a hacer. Prácticamente todos los años vamos a contarles cuentos (hay que aprovechar el oficio para los nuestros), así que supongo que se sorprendieron cuando entraron en su aula tras el recreo y escucharon que sonaba música y que sobre sus pupitres había corazones de cartulina. IMG_20160217_113917

Nada más entrar muchos ya se colgaron el corazón. Buen pálpito. Les conté que mi visita esta vez era diferente. Que me mandaba el CEIYE (Centro Español de Inteligencia y Espionaje) porque teníamos una misión: muchos adultos no habían aprendido a “comportarse” de niños y ahora solucionaban sus problemas creando guerras o, incluso, se olvidaban de reciclar (impagable la cara que pusieron cuando mencioné esto segundo, ¡no daban crédito!). “Vosotros ahora sois niños”, les dije, “pero dentro de 20 años seréis los futuros presidentes de gobierno, profesores, médicos, enfermeros, cuidadores, panaderos, publicistas, abogados (cada uno iba añadiendo su pretendida profesión futura…) y para entonces vosotros tendréis que resolver algunos problemas que habrán dejado los adultos de hoy por no gestionar bien algunas cosas”.

La llamada de atención a su futura responsabilidad les puso tiesos en las sillas (es increíble las ganas que tienen de comerse el mundo y lo bien que aceptan los cabos que se les tiran). Pasamos a “un ejemplo” concreto para que comprendieran mejor su misión. Ahora sí les conté un cuento: Oliver Button es un nena de Tomie de Paola.

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Una magnífica historia sobre el valor de la diversidad y cómo a veces nos empeñamos en ver defectos donde podemos ver virtudes. La historia me interesaba también porque en ella pueden verse diferentes actitudes ante las injusticias que cometemos sobre los demás. Desde la más pura y cruel acción,  pasando por la simple connivencia (a veces tan perniciosa o más que la acción) hasta la empatía y la oposición a la injusticia.

Cuando acabamos reflexionamos todos juntos sobre la historia. Todos tenían muchas ganas de hablar sobre lo injusto que es meterse con alguien por ser diferente, sobre la diferencia como algo inherente de cada una de nuestras personalidades, sobre la riqueza de esa diferencia. El éxito total de intervenciones sobrevino cuando les pregunté si alguna vez se habían sentido como Oliver, si alguien les había dicho o hecho algo que les hubiera causado malestar. A todos, sin excepción les había pasado, y todos manifestaron haberse sentido fatal. El doble salto mortal supuso preguntarles si ellos alguna vez habían dicho o hecho algo que hubiera herido a alguien. Ahí costó entrar. Hacer examen de conciencia es dificilísimo sobre todo porque hacer daño a otro se olvida al minuto, pero cuando nos lo hacen a nosotros, y a estas edades, nos lo guardamos muy dentro. Sin embargo, algunos valientes empezaron a “confesar” (situaciones que por otro lado eran de lo más inocente) y así se creó un clima de que “la cosa se había hecho pero no se iba a volver a hacer porque ahora sabíamos lo que duele”.  Y si volvían a pasar, ahora todos sabían que debían defender a aquel que estaba sufriendo y no cruzarse de brazos o darle la razón “al abusón”.

Huelga decir que los niños (y yo) hubiéramos necesitado mucho más de tres cuartos de hora para llegar al fondo de la cuestión, pero como primera tentativa lo consideré un éxito.

Ahora que ya sabíamos cómo debíamos comportarnos con los demás, debíamos darnos cuenta también de que, para estar bien con los demás teníamos que estar bien primero con nosotros mismos. Para ello comenzamos dándonos un súper autoabrazo y, de paso, decirnos unas cuantas cosas bonitas. Después, cada uno escribió su nombre en mayúsculas en su corazón de cartulina y enseguida lo pasó por la clase para que los compañeros pudieran escribirle en él alguna de sus virtudes. Claramente esta parte fue la que más disfrutaron. Todos querían escribir en el corazón de todos y cuando acabamos cada uno portaba su pedazo de cartulina en las manos como un auténtico tesoro. Y lo era. Ahora tenían por escrito un montón de palabras que les llenarían de buena energía en los buenos y malos momentos. Ahora sabían que todos sus compañeros (algunos, buenos amigos; otros, tal vez no tanto) les valoraban y les consideraban únicos por algo.

IMG_20160217_123013El clima estaba creado: salieron del aula y muchos seguían lanzándose piropos… Pero como todos los aprendizajes con un día no basta. Si ha tenido su valor ha sido por ser una experiencia en grupo, con los compañeros con los que comparten cada día su tiempo. Esperamos, por eso, que ayude a fortificar las enseñanzas individualizadas que todos los padres les inculcamos desde casa. Y que estos niños nuestros sean más inteligentes que sus predecesores y no caigan en nuestros errores.

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