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Témpera casera comestible

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Si añadimos el placer táctil de mancharnos al placer de poder paladear la pintura, ¡podemos estallar de emoción! Y más si tenemos 3 y 6 años.

Yo con mis 32, no caí en la segunda parte y pensé, al ver la “receta” de témpera, que sería la parte de la elaboración artesanal lo que cautivaría a los niños. Al pequeño (A-3 años) enseguida me lo gané con lo de hacer pintura, pero el mayor (R-6 años) se nos unió sin pensárselo dos veces cuando improvisé el argumento de que “se podía comer”. Lo cual nos lleva al aforismo infantil más universal: “Si se puede chupar es que es bueno”.

Va por delante que la receta es de la estupenda Bububú.

Tempera comestible:

– 1 taza de harina

– 1 taza de sal

– 1 taza de agua

– colorantes alimentarios

– botes de kétchup o mostaza vacíos (o, si no has sido previsor, recipientes dosificadores de salsas, comprados ex profeso, como los que usan en los kebabs)

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La elaboración no implica ninguna complicación (¡qué bonito me ha quedado el pareado!):

Primero mezclamos la harina, el agua y la sal en un bol (nosotros lo hicimos con cuchara y mano infantil, pero hubiera sido recomendable usar batidora para evitar algunos grumos que después nos dificultaron la pintura). Aquí ya empezaron los primeros lametones a la cuchara… Tengo que confesar que yo también probé la mezcla, impresionada por que los niños no pusieran ninguna mueca extraña al probarla (¿con esa cantidad de sal?). Y sí, lo confirmo, el sabor era exactamente igual que el que se te queda en la boca tras una aguadilla en el Mediterráneo.

Pero seguimos con la receta… Después vertemos, a partes iguales, la pasta en los botes vacíos con ayuda de un embudo. Y añadimos un poquito (solo un poquito porque cunde muchísimo) de colorante en cada bote. Nosotros lo hicimos con colores primarios para garantizarnos la posibilidad de mezclar: amarillo, rojo y azul.

Para mí era la primera vez que manipulaba este tipo de colorantes (son los que se usan para los glaseados de los cup cakes, por ejemplo) y me sorprendió lo bien que se mezclaron en los botes una vez que los agitamos (a ritmo de bachata en coctelera) teniendo en cuenta lo increíblemente densos que parecían dentro de sus recipientes originales.  Fue muy bonito, además, ver cómo cambiaban de color los botes con lo sucesivos agitados: del tenue cremita a los colores brillantes que podéis ver en las fotos.

Una salvedad, estos colorantes ¡manchan un montón! He tenido los dedos multicolores toda la semana, aunque de la ropa de los niños salieron bien tras una visita de urgencia a la lavadora.

Tras el agitado la pintura ya está lista… ¡A pintar!

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A estas alturas estaban ya muy centrados en sus obras y dejaron el tema culinario para la cena. La experiencia fue todo un descubrimiento, aunque habrá que perfeccionar la técnica para que no se formen grumos: las boquillas de los botes son muy estrechas y se nos obturaron varias veces. Pero eso no impidió la diversión, ¡vaya que no!

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