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Mascotas: una prueba de fuego para hacerse responsables

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Esta es Rolo. La hámster rusa que A y R ganaron en nuestra tradicional carrera/ghymkana de comienzo de curso. Fueron ellos mismos los que eligieron y demandaron que Rolo fuera la meta de todos sus esfuerzos. Nosotros no dudamos un momento en concederles ese deseo. Primero, porque G llevaba toda la vida también deseando una mascota (hay deseos que, por suerte, nunca se extinguen). Segundo, porque R llevaba “adoptando” durante varios meses cualquier animalillo o bichito que le se ponía a tiro evidenciando cada día más que su petición de una mascota era una inclinación verdadera.

Después de muchos ensayos virtuales con una husky siberiana virtual llamada Tara (vivita y coleante solo en el mundo de Nintendogs), los primeros en ser “adoptados” por R fueron unos caracoles cántabros que le salieron al paso durante las vacaciones.

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Brillante, Colorines, Babosín, Calavera, fueron los nombres de los caracoles “domesticados” que nos acompañaron en nuestro viaje veraniego por el Norte. Y digo “acompañaron” porque los caracoles viajaron con nosotros de Cantabria a Asturias, comían con nosotros incluso cuando salíamos a un restaurante, y dormían bien cerquita de su dueño, R. ¿Cómo fue posible? Los niños improvisaron una casa de caracoles con un tapper reciclado; adornaron el ecosistema de los caracoles con frutas de plástico, piedras y palos, y se encargaban de alimentar, humedecer el ambiente y limpiar el tapper días tras día.

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La verdad es que los caracoles parecían estar la mar de bien, porque aguantaron con nosotros hasta la vuelta a Madrid (excepto el favorito, Brillante, que en un despiste clarividente se le olvidó a R encima de la mesa en Asturias). Al llegar a la capital se demostró que el clima de los caracoles era clara y exclusivamente el norteño, porque comenzaron a “espurretear” (no se me ocurre un término más gráfico para explicarlo). Ahí es cuando nos dimos cuenta de que nuestros caminos tenían que separarse y los liberamos en el parque.

Después de los caracoles, R ha demostrado una vocación clara por el cuidado de los animales; cualquiera. Hemos alimentado y cuidado a hormigas (Faldina, RIP) y gusanos (Gusa, RIP), hasta que “la muerte nos ha separado”. Lo que evidencia que el deseo de “mascotas” se puede satisfacer o testar de muy diferentes maneras y sin una inversión de dinero inicial, hasta comprobar que la apetencia del niño es más que un capricho pasajero.

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Y ahora le ha llegado el turno a Rolo: una subida cuantitativa en el escalafón de identidad, tamaño y expresividad (¡es para comérsela!). Los niños la alimentan cada día, limpian la jaula (con ayuda paterna) y, con una falta de escrúpulo más propia de una enfermera en tiempos de guerra, retiran las cacas según van cayendo. G y R le han construido a Rolo un laberinto con botellas de leche y castillos y casitas con los Legos, de manera que cada día se encuentra la jaula con una decoración distinta.

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Simplemente quemando con un mechero las botellas se pueden ir insertando unas con otras. Rolo se mueve a sus anchas en el laberinto, mientras se va encontrando los “premios” que los niños le dejan en cada “habitación”

Rolo, pequeñita y encantadora, les ha desatado un cariño y un instinto de protección innato. Han asumido, como un honor y no como una carga, la responsabilidad de cuidar a ese otro ser más vulnerable y desprotegido que ellos. Es una preciosa lección vital. Aunque no queremos parecer ingenuos; está por ver todavía si el tiempo la vuelve más sólida o si por el contrario la diluye. Pero, sea como fuere, la lección queda ahí. Y eso es más valioso que no haberla vivido.