Recuperar la calle

Estándar

En esa visión apocalíptica de que los niños de ahora están peor educados que los de antes (argumento esgrimido por las sucesivas generaciones desde tiempos de la Antigüedad clásica) la culpa siempre la tenemos los padres y las pantallas. Yo, sin embargo, creo que, de haber algo de verdad en ese argumento, la verdadera culpable es la calle. Sí, la calle. O más bien, su ausencia.

Uno de los argumentos para condenar la educación familiar actual es que “los niños no saben estarse quietos”. Pero… calculemos. Están, como poco, 7 horas de su día “quietos” en el colegio. Luego “quietos” o como mucho con un movimiento pautado por otro profesor en una extraescolar. Los que vuelven directamente a casa, tampoco lo tienen mucho mejor: o lo más quietecito posible en nuestro pequeños pisos de ciudad en el que un grito de niño se escucha en todo el edificio de paredes de papel o “confinado” en un espacio de 20 metros por 30 con otras cuarenta criaturas si prefieren pasar un rato en cualquier parque de las grandes ciudades. Luego a la cama, y vuelta a empezar.

Desde luego son mucho los padres que ya han captado que ese exceso de energía que muestran los niños (y que algunos llaman TDHA o muy elocuentemente “síndrome del niño de ciudad”) y que a tantos les resulta tan molesto (ya cantaba Serrat hace 30 años: “Niño,deja ya de joder con la pelota. Niño, que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca) no es, en realidad, ningún exceso. Es la energía natural de un niño, que antes pasaba más desapercibida porque los niños… ¡pasaban mucho más tiempo en la calle! Pero no de cualquier manera, pasaban más tiempo en la calle sin la supervisión de un adulto. No por negligencia paterna, sino porque la calle antes era mucho más segura antes (o eso creemos) y por eso los niños podía jugar, gritar, saltar, ensayarse con la vida, sin el eterno ojo familiar clavado en la nuca. Obviamente, ampliando el espacio de convivencia los niños resultaban mucho menos “molestos” y “malcriados” a los adultos porque una vez que volvían a entrar en espacios cerrados y se necesitaba que volvieran a estar quietos ya habían tenido tiempo para sí mismos, para descubrir, desfogar y vivir sus aventuras. Y después de estos pequeños momentos de libertad, también los requerimientos adultos (estate quieto, quédate callado) eran mucho más tolerables para los niños.

Hay quien ya ha dicho esto antes y mucho mejor. Leed este libro de Marta Román Rivas, ¡Hagan sitio, por favor! La reintroducción de la infancia en la ciudad. Román Rivas señala también (como ya ha hecho muchas veces José Antonio Marina) que a un niño lo educa la tribu entera (parafraseando el mítico proverbio africano). Esto en los enjambres de las grandes ciudades parece irrealizable. Pero si contemplamos estas grandes ciudades como pequeños pueblos unidos, cada cual debería recuperar su parte de responsabilidad de la educación y la seguridad de los futuros ciudadanos del mundo. Que nadie se escandalice, no estamos pidiendo que un extraño le dé a nuestro hijos clases de urbanidad o buenos modales. La ayuda versa, simplemente, en actos tan cotidianos como verificar que un niño que va solo al colegio, pasé por delante de mi comercio como hace todos los días (en esto se basan programas del Ayuntamiento de Madrid como “Madrid a pie, un camino seguro al cole“)

Esto que probablemente parece un exceso de responsabilidad para muchos, sucede de manera espontánea en las pequeñas agrupaciones. En cualquier pueblo, los niños son cuidados por todos. Si tú pierdes de vista al tuyo, siempre hay alguien que te dice que hace un minuto los ha visto pasar por esta o aquella dirección.

Afortunadamente, también en las grandes ciudades se está recuperando la conciencia de que la calle es de los ciudadanos… y no de los coches, como ha sucedido hasta ahora. Las aceras se están ensanchando, y el Ayuntamiento  cede solares para usos comunales . ¿No lo creéis? Mirad el asombroso espacio en Lavapiés, Esto es una plaza. De un solar en desuso (durante más de 30 años) pasó, en 2008  y por la intercesión de un grupo de vecinos, a un espacio comunal con huerto urbano, zona de columpios, casas en los árboles, libros, un pequeño auditorio improvisado, etc. ¿Y esto se mantiene sin la intervención del Ayuntamiento? La respuesta es un rotundo sí. Los columpios se reparan, cada uno colabora colocando algo en su sitio o limpiando la zona y el lugar siempre resulta igual de apacible y esperanzador.

esto es una plazaIMG_20170218_141647IMG_20170218_140447Esto que nos parece tan revolucionario lleva sucediendo en otros lugares mucho tiempo. En EEUU, por ejemplo, todos los parques cuentan con juguetes (sí, juguetes) comunales. La gentes los usa con responsabilidad y luego los deja en su sitio para que otros los reutilicen después.

Pero volvamos a España.  Hace unos meses nos sorprendió, en nuestro propio barrio, que un pequeño pasaje entre dos vías principales, ¡se hubiera cerrado al tráfico! Son apenas 30 metros cuadrados, pero los vecinos no hemos tardado en ocuparlo para patinar, charlar o ¡pintar en el sueño con tizas!

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¡Qué triunfo ganarle en una gran ciudad sitio a los coches! Pero aún queda mucho que hacer, para que recuperemos la calle, para que los niños (y los adultos) puedan volver a tener su espacio y todos nos resultemos los unos a los otros más “tolerables”. El primer paso ya está dado y como todo el mundo sabe es el que mas cuesta…

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