El mito de los deberes (II): los falsos pilares del mito

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Una vez que los datos científicos desmontan el mito de que los deberes proporcionan beneficios académicos a los estudiantes, hay quien todavía los defiende alegando virtudes extraacadémicas: la responsabilidad y la autodisciplina.

El Diccionario de la Real Academia Española define “responsable” como “Dicho de una persona: Que pone cuidado y atención en lo que hace o decide”. Es decir, que cuida lo que hace y, sobre todo teniendo en cuenta que hablamos de niños, que ya es capaz de hacerlo por sí mismo tal y como lo haría un adulto por él. En cuanto a los deberes, ayudarían a la responsabilidad de los niños si (tal y como se mandan en las aulas actuales) pudieran funcionar con ellos de forma totalmente autónoma. Pero el principal problema es que la mayoría de los niños acaba necesitando en algún momento la ayuda de un adulto para realizarlos. Es evidente, que esto a veces les puede hacer más dependientes todavía y, por otro lado, aumenta las diferencias entre los niños con padres que tienen un mayor nivel de estudios y pueden ayudar a sus hijos con facilidad y los que no.

En relación con la autodisciplina, hay que ser muy cautelosos. La educación debería motivar intrínsecamente a los alumnos. Esto es, hacer que se interesaran tanto por la materia que quisieran profundizar en ella de manera autónoma y espontánea. Aquí es cuando el aprendizaje se hace de manera profunda y efectiva. Cuando les enseñas a responder ciegamente ante una tarea que no entienden ni disfrutan (esto es el “acaba cuanto antes y así podrás irte jugar”) es cuando aparece la autodisciplina. No es para sentirse orgulloso pero muchos decimos: “Sí, mi hijo por fin ha aprendido a hacer los deberes: llega, los acaba en cinco minutos (sin pensar en lo que hace o para qué lo hace) y se va a jugar”. Desde cualquier enfoque pedagógico es evidente que esta no es la manera de aprender, aunque, paradójicamente, es unos de los requerimientos principales de los profesores y padres.

Kohn afirma con mucho acierto que “los deberes siguen siendo defendidos por los responsables educativos, mandados por el profesorado y aceptados por las familias, en parte, por nuestra pereza cultural a pedir explicación de las prácticas sociales, a exigir razones que las justifiquen y a oponernos a aquellas prácticas cuya justificación es insuficiente”.

Kohn

El experto en Educación Alfie Kohn (autor de El mito de los deberes) durante una conferencia

Pensemos en cómo hemos sido la mayoría como estudiantes. Es triste que la siguiente frase de Kohn describa bastante bien cuáles acabaron siendo nuestros propios objetivos educativos: “Muy pronto, nos volvemos menos propensos a preguntar (o incluso a cuestionar) si realmente tiene sentido lo que se nos enseña. Sólo queremos saber si entra en el examen”.

Otro de los problemas que señala Kohn es que la mayoría opinamos sobre lo que es bueno o no para la Educación y el Aprendizaje sin tener ni idea en realidad de lo que son la Educación y el Aprendizaje. Por ejemplo, parece una frase lapidaria e incontestable que cuanto más estudia alguien más sabe, ¿no es así? Ni mucho menos. “El aprendizaje requiere tiempo, pero dedicar tiempo no garantiza por sí solo que el aprendizaje tenga lugar”. El aprendizaje es una cuestión de calidad no de cantidad. Un niño puede estar dos horas frente un libro abierto sin entender nada o invertir dos minutos en escuchar a un buen profesor transmitir ese contenido a través de un magnífico ejemplo y luego ponerlo en práctica (aprendizaje significativo, la clave de la cuestión educativa). Esto, garantiza que el alumno va a adquirir de una manera efectiva ese conocimiento y, sin embargo contra todo pronóstico, no ha invertido demasiado tiempo en ello.

Por otro lado, los deberes suelen estar basados en una repetición de lo expuesto durante la clase y se suele decir que esto refuerza su aprendizaje. Pero estamos todos de acuerdo seguro en que la repetición no lleva a la comprensión. De modo que el alumno que no comprendió la materia durante la clase tendrá serios problemas con los deberes en casa; y por su parte, el alumno que sí comprendió la materia simplemente se aburrirá con una repetición totalmente innecesaria. En resumen, este tipo de deberes será ineficaz y problemático para todos los tipos de alumnos. Para Kohn, además, “justificar que los estudiantes vayan a casa con una hoja llena de ejercicios para practicar, con el argumentos de que refuerza su aprendizaje, está afirmando que lo que importante no es la comprensión sino la conducta.” Y es que, un buen ejemplo de deberes sería “el que ofrece desafíos cuidadosamente calibrados que ayudan (a los estudiantes) a desarrollar teorías cada vez más sofisticadas. El objetivo es que comprendan las ideas interiorizándolas”.

Otro argumento muy utilizado a favor de los deberes suele ser el de la situación aciaga por la que pasa la Educación y que provoca que haya que hacer las escuelas “más duras” para subir el nivel de nuestros estudiantes. Pero en cualquier cabeza (hasta en las más tercas) la idea de que “más difícil” es “mejor” se desmonta en un periquete. Aunque solo sea por el hecho de que esos programas de reformas no implican un cambio de enfoque educativo, sino simplemente “subir el listón”. Es evidente que si el sistema educativo actual está teniendo tasas tan altas de fracaso escolar esta no puede ser la manera de paliar el problema, solo es la manera de hacer más grande la brecha entre lo que comúnmente denominamos “buenos” y “malos” estudiantes.

Pero entonces, ¿por qué se siguen mandando deberes? Los deberes solo sirven para una cosa: parece que los estudiantes que más deberes hacen dan buenas puntuaciones en las pruebas estandarizadas (idea preconcebida que Kohn también desmonta en su libro). Con esto nos referimos a las pruebas de pasos entre los ciclos, las utilizadas para redactar el informe Pisa, etc., que miden de manera parcial (porque solo atienden a algunas áreas del currículo) los conocimientos adquiridos por los estudiantes. Mientras los políticos sigan atendiendo a esos resultados “colegios e institutos con puntuaciones bajas en las pruebas pensarán que, si quieren cambiar, su única esperanza es mandar más deberes; mientras que los centros con puntuaciones más altas tendrán miedo de bajar la presión debido a que este montón de deberes parece estar funcionando”. Es decir, los deberes suelen ser básicamente sobre las materias y  aspectos concretos de estas que van a ser luego preguntados en esos exámenes. Todos los demás conocimientos, sencillamente no importan.

Otro argumento muy arraigado es que debemos mandar deberes para acostumbrar a nuestros estudiantes a los deberes (idea tristemente tautológica y circular). Primero en los ciclos final y central de Primaria para acostumbrarles a los que se encontrarán en el Instituto. Poco después, fuimos bajando el listón y ahora se mandan deberes en Infantil para acostumbrar a los estudiantes a los que se encontrarán en Primaria.

También hay quien tiene miedo a que los niños, al disponer de su tiempo libre por las tardes, se dediquen a hacer cosas “malas” o simplemente a perder el tiempo. Hay mucha gente hoy en día que cree que la infancia y la adolescencia están peor que nunca. Leed, por ejemplo, este comentario:

“No tengo esperanza alguna en el futuro de nuestro pueblo si dependemos de la frívola juventud de hoy, porque, ciertamente, todos los jóvenes son imprudentes hasta decir basta. Cuando yo era joven, se nos enseñaba a ser discretos y respetuosos con los ancianos, pero los jóvenes de hoy son irrespetuosos e impacientes”.

Efectivamente, este pesimismo tan en boga  parece pertenecer tan intrínsecamente a los tiempos que nos han tocado vivir. Sin embargo, podríamos decir que es ancestral, casi  proverbial. ¿Para demostrarlo? El texto citado pertenece nada más y nada menos que a Hesíodo. Es una tremenda ironía: Hesíodo fue tan irrespetuoso y vago para sus abuelos como él veía a sus nietos.  O sea que estamos más ante un lapso generacional que un problema endémico

Por contra, señala Kohn que “los niños están naturalmente inclinados a tratar de dar sentido al mundo, a comprometerse a hacer las cosas por encima de su nivel actual de competencia. Cuando ellos (o nosotros) holgazaneamos, no es un reflejo de la naturaleza humana, es una señal de que algo no funciona”.

Hasta aquí los argumentos de Kohn en contra del beneficio de los deberes.

En breve profundizaremos en las soluciones.

[Nota.- Todos los textos entrecomillados se ha extraído del libro El mito de los deberes, de Alfie Kohn, Madrid, Kaleida Forma, 2013]

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  2. Se me ocurre otra manera de verlo, medio en broma: Promueven la colaboración entre los hijos y los padres.

    Este otro argumento lo digo más en serio:
    Lo de que el alumno que lo entiende en clase se aburre haciendo los deberes, pienso que no es así. Una cosa es “entenderlo” y otra llevarlo a la práctica; y para eso son útiles los deberes. Una cosa no se entiende de verdad hasta que no se hace, al menos en matemáticas sin ir más lejos.

    En fin. Veo mucha negatividad con los deberes. Considero, sin embargo, que la holgazanería tiene una injusta mala fama: creo que todo tiene su función, los deberes y la holgazanería. Encontrar el punto medio no creo que sea algo que pueda hacer la escuela, sino que más bien deben ser los padres los que orienten al niño a encontrar su punto de esfuerzo, de modo que consiga aprobar (para cumplir el expediente), y sólo opte a notas más altas si es que esa es su naturaleza.

    Dicho esto, desconozco cuál es el nivel de deberes que se exige actualmente, y si el esfuerzo que se exige para aprobar es ímprobo para la mayoría de estudiantes; así que hablo solo desde la teoría.

  3. ¡Ay, A! Ojalá los deberes de casa fueran “práctica” como tú dices. Pero me temo que, en su gran mayoría, son repetición. Aprendemos a sumar en clase y hacemos ya allí unas cuantas sumas, y al llegar a casa nos encontramos con 20 o 30 sumas más en un hoja de papel. Ojalá los deberes fueran que sumáramos las juguetes que tenemos entre los amigos, o que ayudáramos a los padres a calcular el dinero de la compra… o que escribiéramos una carta a un amigo, o la lista de la compra. El problema es que son igual de estáticos e igual de alejados de la realidad (no significativos como piden los pedagogos) que los que hacen en clase.
    De todos modos, en breve publicaré las soluciones realistas que ofrece Kohn para el problema de los deberes, que caminan bastate a ese punto medio del que hablas.

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