Niños bienvenidos: cambiando esquemas nacionales

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“Hace diez años que no salgo a comer a restaurantes”, me decía un conocido el fin de semana pasado mientras tomábamos cordero en Sepúlveda. ¿Qué crimen habría cometido mi amigo para merecer tamaña condena?, podríamos preguntarnos. ¡Ah, señores! ¡Uno de los crímenes más horripilantes que puede cometer una persona en nuestro país! ¡Ser padre!

¡Ah! Los padres, esos seres ojerosos, paliduchos, que temen la noche,  siempre mal peinados y con la ropa deslucida.  Aceptados por sus congéneres sólo si se limitan a deambular por las proximidades de sus cuevas (llamémoslas también casas), o en los pequeños terrenos acotados por las autoridades para que contenga a sus fieras (también los llamamos parques).

Disculpadme, la parodia y la exageración. ¡Quiero salir a la calle sin que me miren mal! Afortunadamente no siempre es así, pero muchas veces uno se siente un terrorista cuando entra en un establecimiento público con una criatura (o varias en nuestro caso): una tienda, un autobús, un restaurante…

“¿Cómo se te ocurre entrar en un autobús con tres criaturas?”, me han preguntado con acritud más de una vez cuando vamos al colegio los cuatro. Tenemos el discurso oficial muy bien aprendido: ¡Viva la natalidad y viva la ecología! Pero, con la boca pequeña y el corazón en la mano, pensamos que las madres con hijos molestan un montón.  Sin embargo, a nadie se le ocurriría (y con mucha razón) espetarle a una persona anciana que va demasiado despacio y que nos está obstaculizando el paso. Pero si lo pensamos bien no son cosas tan distintas. Si tenemos cancha con unos, ¿por qué no la tenemos con otros?

Pero volvamos al principio. Mi amigo, con un suspiro, me dedicaba esa lapidaria frase (“Hace diez años que no salgo a comer a restaurante”) como una especie de reproche, mientras sentíamos la mirada de los camareros del restaurante taladrando nuestra nuca. Mis hijos estaban con nosotros.

No solemos ir a restaurantes “elegantes”. En este caso estábamos en Sepúlveda y en Sepúlveda, dicen, hay que ir a comer cordero. El cordero, parece que, tras su sacrificio, quiere ser servido en platos caros y acompañado de critalería fina. No tiene mucho sentido, ¡habiendo sido el cordero también un niño! ¿Será una especie de señal o de venganza?

El caso es que la cristalería y la vajilla cara no ayudan a que los niños y los camareros, desde luego se lleven bien, pero lamentablemente en nuestro país no son solo los restaurantes de este tipo donde los niños y los padres que los acompañan son presencia “non grata”.

Por mucho que el padre esté haciendo todo un ejercicio de buena paternidad: “siéntate”, “estate quieto”, “cómete la comida”, “no te pongas donde pasa el camarero”, “toma unas pinturas”, “¡veo-veo!”, y demás admoniciones y sortilegios, el camarero (y,por ende, muchos de los otros comensales) le estarán lanzando cuchillos con la mirada durante toda la comida. Con este panorama, alguien menos tozudo que nosotros (y con un estómago menos fuerte), no repite la experiencia salir a comer fuera.

Pero, ¿por qué esta condena?, se preguntarán muchos padres. ¿Es que realmente no puedo salir de mi casa hasta que el niño no pierda todos los dientes? Parece que en España la respuesta por tradición suele ser un rotundo sí.

Quizás no me atrevería a criticar este comportamiento si no hubiera tenido experiencia con las costumbres de otros países. En este caso puedo hablar de que Estados Unidos trata a los niños y sus padres de una manera muy distinta. En todos los restaurantes hay tronas y cambiadores (igual que aquí por ley se está imponiendo, con muy buen criterio, acondicionar para minusválidos los locales); muchos de ellos, además, tienen pinturas, papeles para colorear, globos, juguetes, e incluso algunos restaurantes cuentan con un pequeño espacio acotado para que los niños puedan levantarse a jugar. Pero eso no es lo más importante. Los camareros y los comensales conocen  y respetan la conducta habitual de los niños; les dan margen de acción y, por supuesto, no juzgan a los padres por salir a un restaurante. Y mucho menos si, como suele ser habitual, ven que están intentando inculcar en sus hijos un comportamiento respetuoso con el entorno (no gritar, no molestar al resto de comensales, no obstruir los pasillos por donde pasan los camaeros, etc.).

Dentro de esos márgenes, los niños son niños y es imposible mantenerlos sentados durante una hora en sus sillas. Y eso pasa tanto aquí como en EEUU. La diferencia es que cuando el niño se levanta en España el padre es, automáticamente, tachado de malcriador. En Estados Unidos le darán un poco más de tregua. Y no solo por razones “humanitarias” (¡por favor, dejen a los pobres padres salir de casa!), sino por tácticas económicas: somos un gran colectivo ansioso por ser aceptado más allá de los muros de su hogar. Seremos grandes consumidores si no tuercen el gesto al vernos entrar con nuestros “cachorros” en sus locales.

Solo deben poner algo de su parte: algo de tolerancia, una pizca de confianza y, esto es solo optativo aunque sería estupendo,  cierto “acondicionamiento” en su local (pinturas para tenerlos sentados, “chupachuses” como premio o cualquier otro reclamo que ayude un poco a los esfuerzos paternos por “anclarlos” los más posible en sus sillas).

Por otra parte, hay cada vez más hosteleros que van cambiando sus esquemas. La cadena Vips lleva desde sus inicios cuidando a los niños y a sus padres; otro tanto sucede con las estupendas hamburgueserias  Peggy Sue´s.  No hace falta que mencione otras cadenas, no casualemente, americanas de comida rápida y no tan rápida  absolutamente childfriendly (concepto prácticamente intraducible es castellano… lo que dice mucho de nuestra cultura). Y cada vez son más los locales que van pensando en los niños de otra manera, incluso los de aspecto más cool: un ejemplo de esto es La Infinito en Antón Martín.

El colmo de los colmos es Cups & Kids, una cafetería en el Barrio de las Letras madrileño donde prácticamente a nadie que no fuera acompañado por un niño se le ocurriría entrar. ¡Los niños son una auténtica invasión allí porque tienen una enorme zona de juegos! Allí me tomé uno de los pocos cafés tranquilos que he paladeado en una cafetería en los últimos 6 años. ¡Bravo por Cups & Kids!

Cups & Kids el paraíso de los niños (y de sus padres)

Cups & Kids el paraíso de los niños (y de sus padres)

Por supuesto, está fenomenal que, incluso, haya locales que prohiban la entrada a los niños. Uno tiene derecho a estar sin niños si lo desea.

Pero para el resto… ¡Restauradores españoles! Amen a los niños, comprendar a sus padres, hagan negocio… Si los americanos pueden, nosotros también podremos. ¡Cambien sus esquemas! ¡Denle la bienvenida a los niños!

 

 

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