Leer por placer: Las aventuras del capitán calzoncillos

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Esto que parece casi una tautología (“leer por placer”) se está convirtiendo para los niños de Primaria en un imposible. Los adultos seleccionamos las lecturas que les ponemos al alcance con un criterios que, en muchos casos, está muy alejado de lo que los niños encuentran “placentero”. Para “librarles” de las lecturas de merchandising o de los bestsellers infantiles les arrojamos en brazos de las patas con trastornos de personalidad, los osos celosos, los niños discriminados o tontamente rebeldes (que acaban con escarmientos ejemplares) y demás “literaturas” dominadas 100% por los criterios emocionales y las moralejas simplonas. Son, en muchos casos, libros hechos ad hoc para los planes de lectura de las editoriales, donde se olvida, o se deja en un lugar muy secundario, la calidad literaria y el placer de leer. Y no es que estos libros tengan que desaparecer. Están bien para casos puntuales pero no deben dominar el panorama de lecturas que les ofrecemos a nuestros pequeños.

Olvidamos que, sin embargo, también casi todos los libros buenos esconden valores. Digo esconden porque no nos los plantifican en la cara desde el título sino que los presentan como están en la vida: te salen al paso o quedan como un poso cuando cierras la última página. Hacen falta más libros donde los niños se comporten como niños y tengan los mismos problemas que tienen los niños normales. Esos son los libros que los niños encuentran divertidos. Un ejemplo de estos libros son la colección de aventuras de El capitán calzoncillos de Dav Pilkey:

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Los libros están protagonizados por Jorge y Berto, dos niños un poco trastos, pero con una imaginación y creatividad desbordantes y contagiosas. Algo fuertemente condenado por mucho que los adultos reivindiquemos con la boca pequeña el valor de la creatividad. Hoy en día la creatividad casi está vista como un elemento disruptor: un niño que se sale con una respuesta “original”,  distinta a la esperada por los adultos, no es un niño creativo, con un valioso pensamiento divergente sino un “graciosete”, un “free rider”. Pero, ¿de qué nos sorprendemos? Los niños son niños, a pesar de  nuestros esfuerzos por  moldearlos como adultos chiquititos desde muy temprano.

Por eso Jorge y Berto son niños de verdad, descritos de una forma auténtica y observados desde un prisma tremendamente lúcido:

“Si quisierais describir a Jorge y Berto en pocas palabras, quizá se os ocurrieran términos como tipo, gracia, cabeza, decisión, etcétera. Y si se lo preguntáis a su director, el señor Carrasquilla, os dirá que Jorge y Berto son de ese tipo de chicos que tiene la maldita gracia, que le traen de cabeza y que la única decisión posible es tenerlos en el fondo de un pozo. Pero no le hagáis caso. Jorge y Berto son en realidad unos chavales listos y con buen corazón. Su único problema es que están en cuarto curso. Y en la escuela de Jorge y Berto se supone que los de cuarto curso tienen que estarse quitecitos y atender, ¡durante siete horas al día! Y en eso es en lo que fallan un poco.” (El Capitán Calzonzillos y la invasión de los pérfidos  tiparracos del espacio)

Jorge y Berto son aficionados a poner kepchup en las tazas de los váteres de su cole, a cambiar las letras del menú del comedor para que en vez de “sopas de ajo, albóndigas caseras y piña tropical” ponga “estropajo, boñigas secas, picadillo de ranas”, a escribir cómics de superhéroes inventados en su casa del árbol y a hipnotizar al director de su colegio para que se convierta en uno de los  personajes creados por ellos: el Capitán Calzoncillos. ¡Cuántas gamberradas! A simple vista sí, pero en realidad Pilkey no nos cuenta nada muy distinto a cómo son los niños reales (bueno, sí, eso de transformar al director en superhéroe…). ¿Es que por omitir la realidad en la literatura infantil van nuestros niños a transformarse mágicamente en los angelitos acomplejados de las historias con moralina que planteamos los adultos como contrapartida? Por si todavía hay en la sala algún escéptico, la respuesta es no.

Por otra parte, en cuanto uno escarba en el Capitán Calzoncillos comprueba su potencialidad: adultos y niños trabajan juntos por un “mundo mejor” (salvar al mundo de los pardillos zombie, de la super mujer macroelástica, del profesor Pipi-caca…el nombre estrafalario del enemigo es lo de menos, lo  indispensable es “hacer equipo”); se reivindica el valor de la creatividad, del sentido del humor para los momentos difíciles y, algo que haría las delicias de cualquier maestro de primaria, invita casi sin que el niño lo perciba a practicar la lectoescritura. Las aventuras del capitán calzoncillos y los cómics de Tintin son lo único que ha despertado el interés de R por leer páginas y páginas él solo. Da ternura (y orgullo) encontrarle parapetado en la clandestinidad de su colcha con su mini linterna (sí, sí, como en las películas y eso que no puede “copiar” la conducta porque el todavía no tiene el cliché preestablecido).

Además, las “gamberradas” habituales de Jorge y Berto, como decimos, consisten en cambiar las letras para generar nuevas palabras. Palabras escatológicas sí, pero, ¿no es eso un ejercicio de lectoescritura? Pues gracias al libro ellos lo ven como un juego de ingenio apasionante. Sin olvidarnos del  asunto de los cómics, de los que R ha hecho su propia serie:calzoncillos

El Capitán Calzoncillos es sólo un ejemplo. Hay mucha literatura infantil  auténtica y de calidad esperando a ser rescatada por los adultos. Pero para eso  tenemos que quitarnos nuestro lastre de la edad y de la “utilidad” (todo tiene que “servir para algo”). Hay que ser honestos, mirar dos veces los libros que elegimos para ofrecerles y pensar qué nos habría gustado leer a nosotros si viviéramos aquí y ahora. En resumidas cuentas, tenemos que formarnos también nosotros un criterio lector pero basado en otros parámetros distinos de la utilidad que da la moraleja.

Porque  si queremos que lean lo tienen que hacer por placer. No hay otra manera de hacerlo.

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    • Bueno, L, es que Berto lleva el pelo exactamente así. Según le describe Pilkey, “Berto lleva un corte de pelo demencial” (véase la portada del libro, donde Berto aparece junto a Jorge colgado del edificio a los pies del Capitán Calzoncillos). R hace sus propias versiones pero respeta los detalles significativos como la melenaza del protagonista. ¿O será un reflejo de sus propios deseos? ¡¡¡Nunca quiere cortarse el pelo y siempre alude a la historia de Sansón cuando ve aparecer a su padre con las tijeras!!!

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