Planes de fomento de lectura: ¿leer a cualquier precio?

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Estamos realmente contentos con el colegio público que elegimos para nuestro hijo R. Es un cole pequeño y familiar. La naturaleza y la lectura son sus dos estandartes. La importancia de la naturaleza se materializa en un estupendo patio de juegos lleno de árboles y un pequeño huerto en donde los niños más mayores y los padres voluntarios podemos trabajar. También en una esforzada intención de concienciación ecológica con varias prácticas de reciclaje en las que involucra a toda la familia. Por su parte, la “lectura” se fragua en torno a una recoleta biblioteca de centro y un plan de fomento de la lectura que permite sustituir una de las horas destinadas a Lengua Española por una de Taller de lectura.

Dicho así todo suena a cuento de hadas pero la realidad, como suele pasar, siempre nos sorprende con algunos detalles  que nos hacen arrugar la nariz. Este año R ha pasado a primaria y hemos visto como la inmensa e inconmensurable satisfacción y realización del trabajo creativo que los maestros de infantil habían puesto en práctica con los niños se transformaba en un rictus de estrés en sus caras por cumplir con los “objetivos de la programación” y de la inspección. Rictus de estrés que enseguida se ha contagiado a las caras de los padres y, dentro de no mucho, se materializará lamentablemente en la cara de nuestros hijos. Afortunadamente ellos son todavía poco permeables al ritmo adulto y a nuestra tendencia a abarcar más de lo que podemos apretar.

Ya a finales de infantil tuvimos la desgraciada suerte de que se eligiera nuestro colegio, entre otros, para que la Comunidad de Madrid efectuar una prueba piloto para evaluar cómo de afianzados tenían los niños el nivel lector y las matemáticas al finalizar la Educación Infantil… ¡pero si aprender a leer y a escribir no aparece como un requisito en el currículo de Infantil! ¡Máxime cuando no es una educación obligatoria!

Este año, en 1º de Primaria, nos hemos encontrado con que nuestros hijos ya no son niños sino estudiantes. El ritmo de aprendizaje que se les exige por el Decreto Ley es inasumible en las horas de docencia de las que disponen los maestros; y eso que las horas mínimas que un escolar pasa en el centro son ¡siete!… Siete en los casos de los más afortunados cuyos padres trabajan justo en las horas en las que él está en la escuela. Si no puede que haya aparecido en el colegio en los desayunos de “Los primeros del cole” sobre las 8 en algunos colegios, en otros hasta a las 7:30. También pueden quedarse hasta las 17h en el servicio de ludoteca o ir enlazando extraescolar tras extraescolar hasta que sus pobres padres, esclavos modernos, pueden ir a recogerles.

En fin, como iba diciendo, nuestros hijos ya no son niños. ¡Tienen nada menos que seis/siete años y tienen que ser ya introducidos en el ritmo de los tiempos! Contenido + contenido + contenido. ¡Acabar los libros (que nos han costado muy caros y no es plan de dejarlos a medias)! Poco o ningún tiempo para lo que no es Lengua, Matemáticas o Inglés (pobres conocimientos artísticos/humanísticos/naturales, ¿para qué servirán? ¡ya ni me acuerdo!). Y, por si fuera poco, como en el cole no da tiempo de nada ¡deberes para casa! ¡exactamente de la misma índole de los realizados en el colegio! Para ocuparles el poco tiempo que tienen para realizar otras tareas que les realicen o disfrutar de esa santa tarea que hoy está proscrita que es ¡no hacer nada! (= tener tiempo para improvisar = ser libres = disponer de uno de los dones vitales más preciados: nuestro propio tiempo).

Por favor, parémonos un momento a meditar (que precisamente es para lo único que no tenemos tiempo con el ritmo de nuestras vidas). Si preguntas a maestros,  padres o alumnos raro es el que no encuentra pegas al sistema. ¿De quién es entonces la culpa de este sinsentido? ¿De las editoriales que sacan su tajada con libros más gordos de lo asumible? ¿De los encargados de legislar que realizan las leyes educativas desde la más pura teoria y con el complejo de inferioridad de sacar baja puntuación en ese examen terrible que es el Informe PISA (que solo mide las competencias lectoras, matemáticas y científicas? ¿De los padres que comulgamos con el sistema y pensamos que es la única manera de formar hijos “competitivos” laboralmente hablando en el despiadado mundo laboral de hoy en día?

¡Parémonos a pensar, por favor! Si miramos a algunos de los países que sacan buena puntuación en PISA (Finlandia, por ejemplo) comprobaremos que tienen modelos educativos completamente opuestos al nuestro: menos horas de docencia, profesionales hipercualificados (para entrar en Magisterio se piden las notas más altas), muchos medios humanos en las aulas, menos importancia en horas a las disciplinas que mide PISA y, sobre todo, las leyes de educación se fraguan bajo la atenta mirada de políticos y educadores. Podéis ver este capítulo de Salvados donde se desarrollan todas estas ideas.

Parece entonces que lo estamos haciendo todo al revés. ¿Qué podemos hacer los padres? Desde mi humilde opinión cuestionar el sistema y explicitarlo. Personalmente, llevo luchando varios años contra la costumbre de los “deberes” a la antigua usanza. Si se tienen que reforzar algunos aspectos de la materia en casa porque a los maestros no les da tiempo a terminar el temario en clase hay que ayudar. Y es que los maestros en todo este meollo son, probablemente, las cabezas de turco: se llevan las bofetadas de todo el sistema cuando son los que menos culpa tienen. Lo sé de primera mano. Bien cerca tengo a mis padres, los dos maestros, dándolo todo por sus alumnos.

Mi caballo de batalla en el cole de R, como ya he enunciado otras veces, es que nos dejen trabajar esas actividades desde perspectivas más alentadoras y creativas para nuestros hijos. Ya que nosotros solo tenemos uno, dos o tres niños por “aula”, y no cerca de 30 como en las aulas españolas es cada vez más frecuente, podemos trabajar con ellos con herramientas, enfoques y procesos que los profesores (por sus circunstancias y no por falta de ganas, me consta) no pueden abarcar.

Sigo trabajando en ello, como digo. Y está “en proceso” porque siguen respondiéndome que no pueden dejarnos trabajar en casa “lo que queramos” porque unos padres lo haríamos y otros no. Es una respuesta consecuente con los tiempos. Pero como siempre, pagan justos por pecadores. Así que lo hago como “extra”, pero ese no era el espíritu de la reivindicación.

Lo que sí hacemos en casa es alentar, como podemos, a nuestro hijo R con el plan de lectura del cole antes mencionado. Como dije, no todo es un camino de rosas en el fomento de la lectura. Supongo que al concederlo la Comunidad dio una dotación de libros inmensa al colegio. Pero lo que nosotros nos hemos encontrado es que desde el primer mes de clase nuestros hijos tienen que leer un libro a la semana de en torno a 30 páginas. Muchos, entre ellos mi hijo, empezó el curso leyendo como una “tortuga” y una semana (si descontamos las horas de clase, de sueño, de alimentación y de ocio) no deja muchos ratos libres para leer al ritmo que van los niños. ¿Resultado? Uno tiene que perseguirles para cumplir objetivos. ¿Puede uno amar así la lectura? ¿Apasionarse con ella?

Como dijo sabiamente Jorge Luis Borges: “La idea de la lectura obligatoria es una idea absurda: tanto valdría hablar de la felicidad obligatoria”. En fin, desde casa ponemos a prueba todos los días nuestras estrategias para que la “persecución” de lectura no se evidencie como tal. Para ello, inventamos “el tablón del crítico literario”. R, como ya hemos explicado, funciona muy bien con el refuerzo positivo así que compramos un corcho y cada vez que termina un libro dibujamos todos el momento que más nos ha gustado de la historia, fotocopiamos la portada y emitimos nuestro juicio votando del 1 al 10 cuánto nos ha gustado y tratando de explicar por qué. Eso le otorga un objetivo palpable a la lectura (además del intangible de ir interiorizando los mecanismos de decodificación).

Respecto a la elección de las lecturas, el problema principal es que vengan “dadas” (supongo que por la dichosa dotación de libros) contraviniendo todas las consignas de “dejarles elegir” que se promulgan desde las facultades de Educación. Es divertido ver cuánta emotividad, negativa o positiva, explicitan tras la lectura y qué poca capacidad tienen para explicar el disgusto o el apasionamiento. El primer libro que votó R obtuvo un 8 y la razón fue “porque bien”.

criticoliterario

Vamos despacito con el asunto de la lectura (R ya no tanto; oírle leer es como sentarse al lado de una hoguera), poniendo nuestro granito de arena, sin crear confrontación pero sí cuestionando las cosas.

Leer tiene un precio, sí. Pero un precio que se gana y no que se paga.

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  1. Precisamente he visto estos días una publicidad de un periódico que, en busca de clientes, acaba de sacar una colección de libros para niños (http://www.elmundo.es/promociones/cuentosbilingues14/). Bueno, no exactamente sólo libros: son novelas adaptadas a pocas páginas, con texto en español y en inglés y con la lectura en audio también bilingüe. Se me hace curioso que por un precio irrisorio esté tanto el cuentecillo de Wilde El príncipe feliz como la novelaca en dos partes de El Quijote… ¿cómo será la adaptación a pocas páginas de este último? Sospecho que la calidad de los textos no va a ser la mejor en ninguno de los casos… Y sospecho también que el propio consejo editorial lo sabe; ¿de qué otra forma se explica que a cada libro-cedé venga acompañado de “divertidas actividades”? Ya que el texto es malo, al menos que los niños se entretengan con otra cosa, pensarán. Y así todo el tinglado vuelve a padecer la misma enfermedad que suele acaecerle a la literatura: considerar que por sí sola no basta. ¿Por qué las colecciones de discos de música no traen “divertidas actividades”? ¿Por qué las de cine tampoco? Ah, pero la literatura es una cosa escolar, y como todo lo escolar hay que martirizar a los niños con “divertidas” actividades, porque ya damos por hecho que la lectura les va a aburrir. ¡Ay, el día que les demos a los niños lecturas que les diviertan de verdad, y asumamos que en general les gusta leer y sumergirse en mundos de imaginación, y comprendamos los beneficios de la literatura por sí misma! ¿Y qué opina usted, Creatificando?

    • Pues opino que de todo hay que saber. Porque si bien es cierto que la tendencia superficial suele ser que los niños lean como “deber” hay mucha gente trabajando para que lean por placer. Lo que pasa es que esa segunda literatura hay que salir a buscarla porque no es la que nos dan gratis (o casi) con los periódicos o se suele utilizar como “instrumento” de aprendizaje de la lectura. Y es que la lectura y la literatura no son exactamente lo mismo. Si nos esforzamos por ver la diferencia una es usa, sobre todo, como instrumento para comprender y moverse por el mundo (¿de qué es este yogur? ¿cuál es el nombre de esta calle?) y la segunda es una ventana al mundo y un espejo para mirarse a sí mismo (como dice el escritor Antonio Muñoz Molina). Nos debe hacer soñar y crear. Para eso sirve. Pero esa literatura, como pasa también en el mundo adulto, hay que salir a buscarla. No nos sale al paso. Por eso requiere de una formación (que perfectamente puede ser autodidacta) para distinguir la literatura rudimentaria de la sencillamente espléndida. Esa es la que nos abre los ojos, la que nos calienta el corazón y de la que nunca nos podremos separar cuando la conozcamos.

      • ¡Qué bonitas palabras! Aseguremos ese encuentro con la literatura en nuestros niños.

  2. Pingback: Disoluciones: un proyecto de ciencias del colegio Verbena | Creatificando

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