Niños revolucionarios

Estándar

Que los niños son una revolución ya lo sabíamos: no hay más que mirar la conmoción en la que quedan sumidas nuestras vidas (y las habitaciones) a su paso.  Pero quizás no es tan habitual afirmar que los niños pueden ser también revolucionarios. Y, sin embargo, lo son. Y cuanto antes comiencen a serlo, mejor.

Probablemente serán nuestros hijos e hijas los que limpien el planeta y lo conviertan en un lugar más justo. Sin lugar a dudas serán adultos más concienciados de lo que hemos sido nosotros. Sus ojos serán más puros porque han visto y experimentado el desastre en el que sus padres, abuelos, tíos, etc. han sumido el mundo. O eso esperamos. Pero que “el mundo esté en sus manos” depende también de nosotros. De lo buenos que seamos en enseñarles todos los caminos que pueden seguir y en darles un ejemplo firme al que agarrarse.

La primera vez que llevamos a R a una manifestación tenía cinco meses y fue fotografiado por no menos de diez personas. Resultaba insólito o pintoresco encontrarse con un niño en una manifestación y todo el mundo nos pedía permiso para inmortalizar el acontecimiento. Era evidente que su pequeña presencia llenaba de ternura. Tal vez, de esperanza. No sé.

Imagen0064

Hoy los fotografos manifestantes siguen disparando sus flashes sobre los niños, pero su presencia ya no es anecdótica. Me alegra contemplar que las manifestaciones están llenas de niños ejerciciendo su legítimo derecho al pataleo (nunca mejor dicho); divertidos e integrados con sus pancartas, banderas, camisetas y silbatos. Disfrutando del momento y de poder gritar, por una vez, no sólo sin que les chisten sino notando que les invitan a hacerlo. Allí sus voces, chillonas, también cuentan.

Y me alegra que sus padres les hayan llevado hasta allí y hayan gastado tiempo en explicarles por qué. Probablemente, tendrán que insistir mucho y gastar mucha saliva. Cuando tu mente y tu conocimiento del mundo están en tábula rasa y tu mirada es tan pura como la de un niño es complicado comprender la ceguera, la autocomplacencia, el letargo en el que nos sumimos las personas cuando llegamos a adultos. Los niños no se creen las excusas con las que los adultos acallamos nuestras conciencia. “No pegues a tus compañeros”, les decimos. Y luego ven que hacemos guerras. Los niños son niños, pero no son tontos. Cuando les explicamos el mundo, captan las contradiciones. Nos miran con sus ojos límpidos y ven más allá.

Imagen0067

Por eso, me río todavía cuando pienso en lo que respondió R la primera vez que faltó a clase por una huelga de Educación. Cuando su profesora le invitó durante la asamblea a que contara dónde había estado el día anterior, él respondió rotundamente que “había estado de ‘juerga'” y que “había visto chorizos gigantes” (una representación gigante y muy figurativa del lema “No hay pan para tanto chorizo”). Afortunadamente, la maestra supo leer entre líneas y el resto de los niños de la clase también. Poco después, cuando en Navidad tuvieron que hacer un cuento para el concurso del colegio una compañera  de R escribió “La huelga de los renos”. Ni que decir tiene que fue el más sonado. Desde luego, la idea se había contagiado.

Me conformo con eso, porque es un buen comienzo. Un buen comienzo para la revolución que seguro que iniciarán nuestros hijos y que, espero, sea la definitiva.

Imagen0063

Mis tres pequeños revolucionarios

 

Anuncios

»

  1. V, me ha sorprendido ese “escusa” con s y “falto” sin tilde… veo que las prisas acechan hasta a los mejores escribanos 😉 un beso…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s