Música y movimiento: un placer que traspasa la carne

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Sir Simon Rattle, el director de la Orquesta Filarmónica de Berlín, afirma que la música y la danza se materializan en las personas que las practican como “un placer que traspasa la carne”. Con esta expresión tan gráfica pretende explicar la comunión física y espiritual que ha establecido, desde el comienzo de los tiempos, el hombre con el ritmo y los sonidos que le rodean. En el 2004 Rattle llevó a cabo un “experimiento” que ponía aprueba esta afirmación y que se materializó en el documental Rythm Is It! (Esto es ritmo) de Thomas Grube y Enrique Sánchez Lansch. En él el coreógrafo Royston Maldoom preparó, con 250 niños y jóvenes no profesionales de institutos y colegios de todo Berlín, una coreografía de La consagración de la Primavera de Stravinski. Finalmente, fue ejecutada en directo mientras Rattle interpretaba la música con su orquesta. El documental muestra sobre todo la evolución de unos niños, muchos de ellos conflictivos o desmotivados, que se encuentran a sí mismos a través de la danza simplemente porque alguien cree por primera vez en ellos.

“Creo que este chico conseguirá hacer cualquier cosa que se proponga” o  “Una clase danza puede cambiarte la vida”, son algunas de las frases que marcan el carácter de Maldoom y el enfoque de  sus clases.

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Royston Maldoom dando instrucciones a los bailarines de La consagración de la primavera

“Esto no es un lujo, es una necesidad; la gente lo necesita como el aire que respira y como el agua que bebe”, afirma Simon Rattle. Lo que pasa es que muchos hemos expulsado de nuestras vidas la música y, sobre todo, la danza. Sin embargo, si echamos la vista atrás unos años comprobaremos cómo estaban intergradas orgánicamente en nuestro día a día: los romances, las canciones de trabajo, las nanas, los bailes populares… La gente expresaba sus emociones más básicas a través de estos códigos y es innegable que resultaba más reparador, celebratorio, catártico (e, incluso, barato) que los métodos que utilizamos actualmente con los mismos fines.

Los niños, sin embargo, aún conservan esa tendencia innata al ritmo y a la música. Hasta los bebés más pequeños se arroban ante el sonido de la música y, en los grandes, a menudo ejerce un poder todavía más insólito, el de enmudecerles. Hay, pues, en ellos un impulso imparable, una atracción orgánica al ritmo. Los adultos, liberados de nuestras vergüenzas (¿cómo voy a peder el tiempo en bailar?),  deberíamos propiciar esa tendencia en ellos proporcionándoles los escenarios adecuados.

En nuestro caso, afortunadamente nuestra casa está llena de instrumentos musicales porque G es músico. Los niños de vez en cuando agarran sus armónicas, panderetas, maracas, tambores, etc. y comienzan a experimentar con los sonidos. Sin embargo, la semana pasada A expresó la voluntad de “tocar el piano de papá”. Levanté la tapa y observé. A comenzó a apretar las teclas con soltura (no es la primera vez que “toca” el piano de su padre) y R enseguida se sintió atraído por su “música”.

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A acercándose al piano

Espontáneamente, cada uno se colocó en un extremo del piano y comenzó a avanzar hacia el otro mientras tocaban las teclas que tenían más cerca.

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“Soy un lobo”, decía R mientras sus dedos apretaban las teclas más graves. “Soy un bambi”, decía A avanzando por las  agudas. Claro está que, poco a poco, el lobo iba aclarando su garganta (como el de “El lobo y los siete cabritillos”) y la voz del bambi iba ganando prestancia. Hasta que quedaron mágicamente convertidos el uno en el otro. El juego divirtió mucho a los niños y les abrió una multitud de posibilidades. En seguida, quisieron “moverse más” y me pidieron que yo tocase las teclas, “las del bambi y las del lobo”, mientras ellos corrían por el salón imitando los movimientos de uno y otro según sonaban sus “voces” desde el piano. El lobo y el bambi se perseguían, se cazaban, se detenían, jugaban, al ritmo de la música que hacían sus voces. Ya había sucedido. La magia de la música había calado en ellos y les llevó de manera natural del sonido a la danza.

Una consecuencia lógica, por supuesto.

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